El modernismo, movimiento teológico e intelectual surgido a finales del siglo XIX y principios del XX, buscaba reconciliar la fe católica con las corrientes filosóficas y científicas modernas, como el agnosticismo, el inmanentismo y el historicismo. Sus proponentes, influenciados por el racionalismo y el positivismo, aplicaron métodos críticos a las Escrituras y la tradición eclesial, postulando que la religión surge de necesidades vitales subjetivas del hombre más que de una Revelación objetiva.4,5
En este contexto, la distinción entre Cristo histórico y Cristo de la fe emerge como una aplicación práctica de estos principios. Los modernistas argumentaban que la historia, limitada a fenómenos observables, solo podía captar un Jesús humano, un profeta o maestro moral que vivió en Palestina en el siglo I. Todo lo que excede esta dimensión —milagros, resurrección, divinidad— sería una «transfiguración» posterior por la fe de los creyentes, relegada a una «historia interna» o de la fe.1,6 Esta visión implicaba una doble cristología: un Cristo real, histórico y limitado, frente a un Cristo idealizado, nacido de la piedad colectiva.5
Los modernistas justificaban esta separación mediante tres principios filosóficos: el agnosticismo (la historia solo trata fenómenos), la transfiguración por la fe (los documentos históricos están «elevados» subjetivamente) y la desfiguración (eliminar de la historia lo que no encaja en la lógica racional). Así, el Evangelio de Juan, por ejemplo, se consideraba una mera «meditación» piadosa, no un testimonio histórico.4,1
