Raíces en la Sagrada Escritura
El principio encuentra su base en las Escrituras, donde se condena explícitamente la idea de hacer el mal para obtener un bien. En la Carta a los Romanos, san Pablo reprende a quienes preguntan: «¿Y por qué no hacer el mal para que venga el bien?», declarando que su condena es justa (Rm 3,8).3 Esta admonición paulina resalta que la moralidad de un acto no depende solo de su fin, sino de su conformidad con la voluntad divina.
Asimismo, el Evangelio de Mateo advierte contra la deformación de la conciencia: «Si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas» (Mt 6,23), ilustrando cómo una visión distorsionada que priorice fines sobre medios oscurece el juicio moral.4 Jesús mismo enfatiza la primacía de la verdad y la caridad sobre cálculos utilitarios, como en la parábola del buen samaritano, donde el amor concreto prevalece sin excusas consecuencialistas.
Contribuciones de los Padres de la Iglesia y santos
San Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, sintetiza esta enseñanza en su obra De praecedentibus (dec. praec. 6), afirmando que «una acción mala no puede justificarse por referencia a una buena intención».1 Esta formulación tomista influye directamente en el Magisterio posterior, recordando que los actos humanos se evalúan por su objeto, fin y circunstancias, pero el objeto intrínsecamente desordenado invalida el acto entero.3
San Juan Crisóstomo, en sus homilías eucarísticas, exhorta a no acercarse a la mesa del Señor con conciencia corrompida, pues ello trae condena en lugar de comunión.5 Estos Padres subrayan que la santidad exige coherencia absoluta entre medios y fines, evitando la «inversión de medios y fines» que degrada a las personas a meros instrumentos.6
