La Sagrada Escritura sitúa al hombre en el centro de la creación como un ser único, capaz de conocer, poseer y donarse libremente. Según el Génesis, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, lo que implica una vocación originaria a la comunión con el Creador.3 Esta imagen divina confiere al ser humano una dignidad ontológica superior a la de cualquier otra criatura visible, permitiéndole entrar en diálogo personal con Dios y colaborar en la obra de la creación.4
El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla esta idea al afirmar que el hombre posee la dignidad de una persona, no como un mero objeto, sino como alguien dotado de autoconocimiento y libertad para orientarse hacia la beatitud divina.2 En este sentido, la búsqueda de sentido no es un anhelo superficial, sino la expresión de una tendencia innata hacia el bien prometido por Dios, atestiguado por la conciencia moral.1
«Siendo a imagen de Dios, el individuo humano posee la dignidad de una persona, que no es sólo algo, sino alguien. Es capaz de conocerse a sí mismo, de poseerse a sí mismo y de entregarse libremente y entrar en comunión con otros hombres. Y está llamado por la gracia a un pacto con su Creador.»2
Esta perspectiva teológica integra lo espiritual y lo corporal en la unidad de la persona, rechazando dualismos que separen alma y cuerpo.5
