El libre albedrío, o liberum arbitrium, se entiende en la tradición católica como la capacidad radical del ser humano para elegir entre el bien y el mal, orientándose libremente hacia Dios o rechazándolo. Esta libertad no es absoluta en el sentido de independencia total de Dios, sino que es un don creado que opera en armonía con la gracia divina.1
La Enciclopedia Católica explica que el hombre, creado a imagen de Dios, posee una voluntad libre aunque debilitada por el pecado original. El Concilio de Trento afirma que, tras la caída de Adán, el libre albedrío permanece, pero sus potencias se ven mermadas, requiriendo la asistencia de la gracia para obrar el bien sobrenatural.1 San Agustín, en su obra De gratia et libero arbitrio, defiende que sin libre albedrío no habría justicia en el premio ni en el castigo, ya que «lo que no se hace por voluntad no es ni delito ni mérito».3
En el Catecismo de la Iglesia Católica (CCC), se presenta la catequesis como un eco de esta tradición postconciliar, recordando que la fe y la moral se transmiten reconociendo la libertad humana iluminada por la Revelación.4,5
