El principio el medio no justifica el fin tiene raíces profundas en la tradición moral católica, remontándose a los Padres de la Iglesia y a los escolásticos, aunque su formulación moderna se consolida en el Magisterio contemporáneo. No se trata de una mera máxima pragmática, sino de una consecuencia lógica de la antropología cristiana, que considera al ser humano como imagen de Dios, llamado a actuar conforme a la verdad y la virtud.
En la Escolástica, santo Tomás de Aquino sienta las bases al explicar que el acto humano se juzga por su objeto, las circunstancias y la intención, pero el objeto es el elemento determinante de su bondad intrínseca. Un acto cuyo objeto es malo no puede ordenarse lícitamente al bien supremo, que es Dios.4 Esta idea se opone frontalmente al maquiavelismo renacentista, que postulaba la separación entre moral y política, permitiendo medios inmorales por un fin de Estado.
La Iglesia ha rechazado siempre el consequentialismo, que evalúa la moralidad solo por los resultados. En cambio, afirma que los medios deben ser buenos en sí mismos para que el fin lo sea, preservando así la coherencia entre la fe y la acción.
