La Encarnación se define como el acto por el cual el Hijo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hace hombre al asumir una naturaleza humana completa, con alma y cuerpo, en unión íntima con su naturaleza divina. Este misterio no implica una mera apariencia humana, sino una realidad plena: Dios se hace hombre para redimir a la humanidad del pecado y elevarla a la filiación divina.3
Según la tradición católica, la Encarnación es el «misterio de la admirable unión de las naturalezas divina y humana en la única persona del Verbo».2 No se trata de una adopción externa, sino de una unión hipostática, donde la persona divina del Verbo subsiste en dos naturalezas: la divina, eterna e inmutable, y la humana, creada y sujeta al tiempo, sin que una absorba a la otra.3,4
Este dogma es el «signo distintivo» de la fe cristiana, como lo proclama el Credo niceno-constantinopolitano: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo: por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».5
