El mito de las riquezas de la Iglesia tiene raíces en críticas anticatólicas surgidas durante la Reforma Protestante y la Ilustración, épocas en que propagandistas como Martín Lutero acusaban a Roma de opulencia para justificar rupturas doctrinales. En el siglo XIX, con el auge del liberalismo y el socialismo, se amplificó mediante libelos que exageraban el valor de propiedades vaticanas o tesoros artísticos, presentándolos como signos de codicia en lugar de legados culturales al servicio de la humanidad.4,5
En la era moderna, medios de comunicación y narrativas secularistas perpetúan esta idea, citando cifras infladas sobre el supuesto «patrimonio» de la Santa Sede sin contextualizar su naturaleza no lucrativa. Por ejemplo, obras de arte como las de la Basílica de San Pedro no son activos financieros, sino bienes inalienables destinados a la oración y la evangelización. Esta distorsión ignora que la Iglesia, desde Rerum Novarum de León XIII, ha condenado explícitamente la explotación económica y defendido a los trabajadores pobres.6,7
