Al final del libro del Apocalipsis, Juan contempla «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque el cielo y la tierra anteriores han pasado. A continuación ve descender del cielo la Jerusalén nueva, preparada como una novia para su esposo (Ap 21,1-2). Dios proclama entonces que hace nuevas todas las cosas. La visión culmina con la promesa de que habitará con los seres humanos y enjugará sus lágrimas: ya no habrá muerte, duelo, llanto ni dolor (Ap 21,3-5).1,2,3
La secuencia presenta la renovación del mundo y la comunión con Dios como aspectos de una misma esperanza. La nueva creación no consiste solo en que las personas alcancen una felicidad individual: incluye la humanidad y el universo entero. La fe cristiana entiende este desenlace como la realización definitiva del designio de Dios de reunir en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.4,5



