La doctrina de la privatio boni
La tradición cristiana, especialmente en san Agustín y santo Tomás de Aquino, entiende el mal como privación del bien (privatio boni). El mal no constituye una sustancia independiente ni un principio eterno enfrentado a Dios. Si existieran dos principios absolutos, uno bueno y otro malo, Dios dejaría de ser el único Creador y Señor de todo cuanto existe.
Esta doctrina no afirma que el mal sea irreal o insignificante. Una enfermedad priva al cuerpo de salud; la ceguera priva al ser humano de la visión; la injusticia priva a otra persona de un derecho; el pecado priva a la voluntad de su recto orden hacia el bien. La privación posee una realidad dolorosa en quien la padece, aunque no tenga una existencia autónoma comparable a la de una criatura.
La acción mala contiene elementos positivos -una decisión, una conducta, una estructura social o un acontecimiento físico-, pero su maldad reside en la ausencia o destrucción de un bien que debería existir. La tradición tomista describe el mal como una lesión del ser y, al mismo tiempo, lo excluye de la constitución originaria de la naturaleza creada.,
La privación no elimina el sufrimiento
La formulación metafísica necesita una traducción existencial. Decir que el mal es privación no significa decir a una persona afligida que su dolor es una simple abstracción. El dolor físico posee una dimensión sensible; la tristeza, la angustia y el desamparo afectan profundamente a la persona; la pérdida de un ser querido transforma su vida.
San Juan Pablo II distinguió entre el mal considerado objetivamente y el sufrimiento como experiencia subjetiva de quien recibe o padece ese mal. El sufrimiento incluye dolor, tristeza, decepción, desánimo e incluso desesperación, según la situación y la sensibilidad de cada persona.
Por eso, la doctrina de la privación debe ir acompañada de compasión, presencia y consuelo. La explicación filosófica puede aclarar qué es el mal, pero no sustituye el acompañamiento de quien sufre. La respuesta cristiana exige llorar con quien llora, atender al enfermo, proteger al vulnerable y combatir las causas de la injusticia.