Origen y formulación del problema
El problema del mal surge de la aparente contradicción entre la existencia del mal —físico, moral o metafísico— y las perfecciones divinas. Si Dios es todo bondad, ¿por qué permite el sufrimiento inocente? Si es omnipotente, ¿por qué no lo elimina? Esta cuestión, planteada desde la antigüedad, encuentra eco en las palabras de San Agustín: «Busqué de dónde viene el mal y no hallé solución».2 En la teología católica, no se trata de un ateísmo lógico, sino de un misterio que solo la fe ilumina plenamente, vinculado al drama del pecado original y la libertad humana.4
La formulación clásica, conocida como el teodicea, busca justificar a Dios ante el mal. Epicuro ya lo expresaba: o Dios quiere eliminar el mal y no puede (no es omnipotente), o puede y no quiere (no es bueno), o ni quiere ni puede (no es Dios), o quiere y puede (¿por qué existe el mal?). La respuesta cristiana rechaza las primeras opciones, afirmando que Dios permite el mal sin causarlo, para un fin superior.5
Tipos de mal según la tradición tomista
La teología católica distingue tres clases de mal, siguiendo a Santo Tomás de Aquino:
Mal de culpa (o malum culpae): El pecado, rechazo libre de la voluntad divina. Es el más grave, pues ofende directamente a Dios.6
Mal de pena (o malum poenae): Sufrimientos consecuentes al pecado, como enfermedades o muerte.7
Mal de naturaleza (malum naturae): Defectos inherentes a la creación finita, como depredación animal.6
Estos males no son deseados por Dios per se, sino permitidos per accidens, es decir, en orden a un bien mayor.1
