La Sagrada Escritura presenta el trabajo como parte integrante del plan divino para el hombre desde la creación. En el libro del Génesis, Dios confía al ser humano la tarea de «dominar la tierra» (Gn 1,28), un mandato que implica el cultivo y la custodia de la creación mediante el esfuerzo personal.1 Este trabajo no surge como castigo por el pecado original —aunque el sudor de la frente lo marca (Gn 3,19)—, sino como vocación originaria que dignifica al hombre al hacerlo colaborador de Dios.
El trabajo en la creación y la redención
San Pablo exhorta a los cristianos a realizar toda actividad «de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3,23), revelando que el trabajo ordinario puede ser ofrecido a Dios. Cristo mismo, durante sus años en Nazaret, se consagra al trabajo manual como carpintero, santificando así la labor cotidiana y elevándola a plano sobrenatural. Esta dimensión redentora del trabajo se manifiesta en la Cruz, donde el sufrimiento laboral de Jesús culmina la obra salvífica.2 La tradición patrística, siguiendo a los Padres de la Iglesia, ve en el trabajo un remedio contra la ociosidad y un medio para imitar la providencia divina.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, la dignidad humana —raíz de la santificación— se ancla en la imagen de Dios, que se realiza plenamente mediante las acciones deliberadas, incluido el trabajo.3 Así, el esfuerzo humano no es neutral: coopera en la construcción del Reino de Dios, prefigurando la «nueva tierra donde habita la justicia» (2 P 3,13).4
