La vocación del varón casado católico se enraíza en el designio divino desde la creación del hombre y la mujer. Dios instituyó el matrimonio como una comunión íntima de vida y amor, ordenada al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. Cristo elevó esta unión natural, entre bautizados, a la dignidad de sacramento, dotándola de gracia especial para santificar a los cónyuges.3,4
En la Escritura, el libro del Génesis describe cómo el varón deja a su padre y madre para unirse a su esposa, convirtiéndose en una sola carne (Gn 2,24). Esta imagen se profundiza en la Carta a los Efesios, donde san Pablo exhorta al esposo a amar a su mujer como Cristo ama a la Iglesia, entregándose por ella de manera total y sacrificial (Ef 5,25). Así, el matrimonio no es mera companionship humana, sino participación en el misterio nupcial entre Cristo y su Esposa.2,5
La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, califica a la familia cristiana como Iglesia doméstica, un microcosmos de la Iglesia universal donde el varón, como cabeza de familia en sentido espiritual, refleja la paternidad de Dios.1,6
Diferenciación con otras vocaciones
El varón casado católico se distingue de la vocación sacerdotal o religiosa, aunque ambas buscan la santidad. Mientras el sacerdote vive el celibato por el Reino de los Cielos, el casado encuentra su camino de perfección en la entrega conyugal y familiar. No obstante, la Iglesia permite excepciones, como la ordenación de diáconos permanentes casados, siempre respetando la disciplina del celibato sacerdotal.7
