El matrimonio cristiano constituye una auténtica vocación sobrenatural. El sacramento transforma la relación entre un hombre y una mujer en una alianza estable, orientada a la santificación de ambos y a la formación de una familia. El varón casado recibe, por tanto, una llamada específica a seguir a Cristo desde su condición de esposo y padre.1
La vocación matrimonial no representa una vía secundaria respecto de otras formas de vida cristiana. La Iglesia reconoce una única llamada universal a la santidad, que cada bautizado vive conforme a los dones, responsabilidades y circunstancias de su propia vocación. En el caso del esposo, la santidad crece mediante la vida conyugal, la paternidad, el trabajo, la educación de los hijos, la oración y el servicio cotidiano.1,3
El varón casado no abandona su personalidad ni su responsabilidad individual al contraer matrimonio. Continúa siendo una persona libre y responsable ante Dios, pero adquiere una nueva condición relacional: vive como esposo en una alianza que compromete su cuerpo, su afectividad, su voluntad, sus bienes, su tiempo y su futuro. Los esposos permanecen como personas distintas, aunque forman una unidad conyugal real y profunda.4


