Aunque no existe un libro litúrgico específicamente titulado «Elegía Litúrgica», los elementos de lamentación y duelo se encuentran en varias partes de la liturgia, particularmente en los ritos de difuntos.
El Oficio de Difuntos
El Oficio de Difuntos (o Liturgia de las Horas por los difuntos) es una de las expresiones más claras de la elegía litúrgica. Se compone de Vísperas, Maitines y Laudes, y se distingue por la ausencia de algunos elementos festivos presentes en otros oficios, como el «Deus in adjutorium» o las doxologías en los salmos, lo que subraya su carácter de lamentación. Los salmos seleccionados para este oficio no siguen un orden serial, sino que son elegidos por versículos que aluden al estado de los difuntos.
Las lecciones del libro de Job, que son muy adecuadas para el Oficio de Difuntos, también se leían en los servicios funerarios desde tiempos muy tempranos. Las respuestas, como el «Libera me, Domine, de viis inferni», son composiciones antiguas que aluden a la descendencia de Cristo a los infiernos, pidiendo la liberación del difunto.
Las Exequias Cristianas
El rito de las Exequias Cristianas está tradicionalmente compuesto por tres partes, aunque en contextos urbanos modernos a menudo se reducen a dos o una:
La Vigilia de Oración: Se realiza en el hogar del difunto o en otro lugar, donde familiares y amigos se reúnen para orar, escuchar la «palabra de vida eterna» y encontrar consuelo en la esperanza de la resurrección.
La Celebración de la Sagrada Eucaristía: Es el momento central donde la comunidad cristiana escucha la palabra de Dios que proclama el misterio pascual, asegurando la esperanza del reencuentro en el Reino de Dios. En la homilía, el celebrante debe evitar cualquier forma de elogio fúnebre y centrarse en el misterio pascual. La Eucaristía es la expresión de la comunión eficaz de la Iglesia con los difuntos, ofreciendo el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo para la purificación de los pecados del difunto. El Papa Juan Pablo II destacó que la Eucaristía es la liturgia de la muerte y resurrección de Cristo, y se vuelve particularmente elocuente en la ocasión de la muerte de una persona.
El Rito de la Sepultura o Inhumación: Es la despedida final de la comunidad cristiana a uno de sus miembros antes de que el cuerpo sea sepultado, acompañándolo en su lugar de reposo mientras espera la resurrección.
En estos ritos, se utilizan salmos responsoriales y antífonas que expresan tanto el dolor de la pérdida como la esperanza en la vida eterna,. Por ejemplo, salmos como el Salmo 114 («Dilexi, quoniam exaudiet Dominus») o el Salmo 50 («Miserere mei, Deus») son cantados durante la procesión a la iglesia.
Himnos y Cantos Litúrgicos
Los textos destinados a ser cantados son de particular importancia en la liturgia, ya que transmiten a los fieles un sentido de solemnidad y manifiestan la unidad en la fe y la caridad. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha enfatizado que los textos deben ser traducidos de manera que sean adecuados para ser musicalizados, sin sustituir las Escrituras o los textos litúrgicos confirmados por paráfrasis o himnos genéricamente equivalentes.
Aunque las editiones typicae modernas contienen una parte mínima del tesoro histórico de la Iglesia Latina en cuanto a himnos y cánticos, se recomienda que se conserven en las ediciones vernáculas, incluso si se añaden a himnos compuestos originalmente en la lengua vernácula. Los textos para el canto compuestos originalmente en la lengua vernácula deben extraerse preferentemente de la Sagrada Escritura o del patrimonio litúrgico.
La inclusión de algunos textos en latín, especialmente del tesoro del canto gregoriano, es prudente en las ediciones vernáculas, ya que este canto tiene un gran poder para elevar el espíritu humano a las realidades celestiales.