Nombre, origen y contexto religioso
El nombre hebreo Eliyahu significa «Yahvé es Dios» y resume la misión del profeta: conducir a Israel desde la ambigüedad religiosa hacia el reconocimiento del Señor. Elías procedía de Tisbé, en la región de Galaad, y apareció de manera repentina en el relato bíblico durante el reinado de Ajab, rey de Israel. La Escritura apenas ofrece datos sobre su origen, lo que concentra la atención en su vocación y en su palabra profética.1
El reinado de Ajab quedó marcado por la influencia de Jezabel, princesa de Tiro y esposa del monarca. Ajab edificó en Samaría un templo dedicado a Baal y permitió la presencia de numerosos sacerdotes de divinidades extranjeras. La introducción de este culto no constituyó una simple incorporación cultural, sino una crisis de la alianza: Israel comenzó a rendir culto a Baal junto al culto del Dios de sus padres.1
En el mundo cananeo, Baal aparecía relacionado con la fertilidad, la lluvia y la fecundidad de la tierra. La sequía anunciada por Elías adquiere así un significado teológico: el profeta confronta la pretensión de Baal de dominar las lluvias y muestra que la vida de la tierra depende del Señor. La hambruna alcanza a Samaría, mientras Ajab y su administrador Abdías buscan pastos y manantiales para conservar con vida los animales del palacio.2
El profeta y el juicio sobre la infidelidad
Elías anuncia una sequía prolongada como juicio contra la apostasía del rey y del pueblo. Después de transmitir su mensaje, marcha al torrente Querit, donde recibe alimento mediante los cuervos y bebe del torrente. Cuando el arroyo se seca, Dios lo envía a Sarepta, en territorio de Sidón, donde una viuda lo acoge a pesar de su pobreza. La harina y el aceite de la mujer no se agotan durante el tiempo de hambre, y el profeta devuelve la vida al hijo de la viuda.1
Estos episodios presentan un rasgo decisivo de la misión profética: la palabra de Dios juzga el pecado, pero también abre caminos de vida. Elías no actúa como un mago ni como un caudillo autónomo. Permanece dependiente de la palabra divina, y su autoridad nace de obedecerla. La tradición cristiana ha visto además en la viuda de Sarepta un ejemplo de fe y hospitalidad, porque la mujer reconoce al profeta como hombre de Dios y comparte con él lo poco que posee.
Cuando Abdías encuentra a Elías, el administrador del palacio manifiesta su temor ante Ajab. Aunque protege en secreto a cien profetas del Señor frente a la persecución de Jezabel, teme que la aparición de Elías provoque su muerte. El profeta, sin embargo, promete presentarse ante el rey.2
Ajab acusa a Elías de ser «el perturbador de Israel». El profeta invierte la acusación: la perturbación no procede de quien denuncia el pecado, sino del rey y de su familia, porque han abandonado los mandamientos del Señor y han seguido a los baales.2





