Elías y el desafío
En el siglo VIII a.C., el reino de Israel estaba sumido en una profunda crisis espiritual, pues la influencia de los pueblos vecinos había llevado a la adoración del dios de la lluvia Baal. Elías, profeta del Señor, fue enviado para restaurar la fe monoteísta y denunciar la apostasía. Con valentía, confrontó al rey Ahab y le exigió reunir al pueblo y a los profetas de Baal en el Monte Carmelo para un concurso decisivo: cada parte ofrecería un sacrificio y llamaría a su deidad; el que respondiera con fuego sería reconocido como el verdadero Dios2.
La prueba del fuego
El desafío se desarrolló según la descripción bíblica. Los profetas de Baal clamaron, danzaron y se autolesionaron sin obtener respuesta. Elías, por su parte, reparó el altar del Señor con doce piedras, dispuso el holocausto y cubrió el foso alrededor con agua, demostrando que el fuego no podía ser provocado por la acción humana. Al pronunciar su oración, el fuego de Dios descendió del cielo, consumiendo el sacrificio, la madera, las piedras, el polvo y el agua, provocando la caída de rostro del pueblo y la proclamación de que «el Señor es Dios»1,3.

