Eliseo, hijo de Safat, era oriundo de Abel-Mejolá, y su vida antes de su llamado profético se centraba en la agricultura, como lo indica el relato de su arado con doce yuntas de bueyes1.
El Llamamiento Profético
La vocación de Eliseo está intrínsecamente ligada al profeta Elías. Dios instruyó a Elías para que ungiera a Eliseo como profeta en su lugar1.
Elías encontró a Eliseo arando y, al pasar junto a él, le arrojó su manto1. Este acto simbólico de poner el manto sobre Eliseo significaba la transferencia de la autoridad y el espíritu profético1. Eliseo comprendió inmediatamente el significado del gesto, y después de despedirse de sus padres y sacrificar los bueyes, se levantó y siguió a Elías, convirtiéndose en su siervo1.
El Discípulo y el Sucesor
Durante un tiempo, Eliseo sirvió a Elías, acompañándolo en sus viajes1. Su relación culminó en el momento de la ascensión de Elías. Cuando el Señor estaba a punto de llevarse a Elías al cielo en un torbellino, Eliseo se negó rotundamente a separarse de su maestro, incluso cuando Elías le sugirió quedarse en Betel o Jericó2.
Al llegar al Jordán, Elías golpeó el agua con su manto, y las aguas se dividieron, permitiéndoles cruzar en tierra seca2. En ese momento final, Eliseo hizo una petición trascendental: «Te ruego que me permitas heredar una doble porción de tu espíritu»2. Elías le respondió que había pedido algo difícil, pero que se le concedería si lo veía ser llevado2.
Mientras caminaban y conversaban, un carro de fuego y caballos de fuego separó a los dos, y Elías ascendió en un torbellino al cielo3. Eliseo, al presenciarlo, gritó: «¡Padre mío, padre mío! ¡Los carros de Israel y sus jinetes!»3. Recogió el manto de Elías que había caído y, al golpear el agua del Jordán con él, las aguas se dividieron de nuevo, confirmando que el espíritu de Elías reposaba sobre él2.

