El Evangelio de Lucas describe cómo, en el primer día de la semana, dos discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros (sesenta estadios) de Jerusalén, conversando sobre los eventos recientes de la crucifixión y el sepulcro vacío1,2. Uno de ellos era Cleofás1. Mientras discutían con tristeza y desilusión, Jesús mismo se les acercó y comenzó a caminar con ellos, aunque sus ojos estaban «velados» para no reconocerlo1,3.
Jesús les preguntó sobre qué hablaban, y ellos, con rostros tristes, le relataron los acontecimientos de Jesús de Nazaret, a quien consideraban un profeta poderoso en obras y palabras, pero que había sido condenado a muerte y crucificado1. Expresaron su esperanza frustrada de que él sería quien redimiría a Israel, y mencionaron los reportes de las mujeres sobre el sepulcro vacío y la visión de ángeles que decían que estaba vivo1.
Entonces, Jesús los reprendió por su «necedad y lentitud de corazón para creer todo lo que los profetas habían dicho»1,4,5. Comenzando por Moisés y todos los profetas, les interpretó las Escrituras que se referían a Él1,5. Esta explicación de las profecías fue una revelación inesperada para los discípulos, que iluminó y confortó sus corazones5. Sentían que sus corazones «ardían» mientras les abría las Escrituras en el camino1,6,4,5.
Al llegar a Emaús, los discípulos invitaron al «forastero» a quedarse con ellos, ya que se hacía tarde1. Él aceptó, y mientras estaban a la mesa, «tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio»1,5. Fue en este momento, en la fracción del pan, que «sus ojos fueron abiertos y lo reconocieron»1,7,5,8. Inmediatamente después de ser reconocido, Jesús desapareció de su vista1,7,5.
Llenos de asombro y alegría, los discípulos se levantaron en esa misma hora y regresaron a Jerusalén, a pesar de lo avanzado de la noche1,6,9. Allí encontraron a los once apóstoles y a sus compañeros reunidos, quienes les anunciaron: «¡El Señor ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón!»1. Los dos discípulos, a su vez, contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido «al partir el pan»1.
