En biología humana, el desarrollo se describe por etapas (por ejemplo, desde la fecundación hasta la implantación). Desde la perspectiva moral católica, la clave no es solo «en qué fase» se encuentra el embrión, sino el hecho de que desde el inicio hay una vida humana que debe ser reconocida y protegida.
El documento magisterial de referencia subraya que, desde el primer momento en que se forma el cigoto tras la fecundación, empieza una vida «nueva» e individual: «desde el primer instante, el programa está fijado» sobre lo que será ese ser viviente.1
En el ámbito eclesial se ha usado en ocasiones vocabulario histórico para describir discusiones sobre el momento de «animación» o sobre distinciones canónicas antiguas. Un ejemplo aparece en la tradición recogida por la Enciclopedia Católica, donde se alude a la distinción histórica entre «hijo animado» (o «quickened», en la terminología inglesa del texto original) y criterios vinculados a la percepción del movimiento materno; allí también se explica que el derecho canónico antiguo suponía ciertos momentos, mientras que el derecho posterior no estableció esa distinción de modo determinante.3

