El encarnizamiento terapéutico describe aquellas intervenciones médicas que, en fases críticas o terminales de la vida, resultan desproporcionadas o agresivas, es decir, que imponen cargas excesivas al enfermo sin perspectivas razonables de mejora significativa. No se trata de cualquier limitación tecnológica, sino de un uso inadecuado de la medicina moderna que prioriza la mera supervivencia biológica por encima de la dignidad integral de la persona.1
Según la enseñanza católica, cuando la muerte es inminente, el médico debe reconocer los límites de la ciencia y evitar la «obstinación terapéutica», que añade sufrimiento innecesario al paciente.3 Esto implica discernir entre cuidados ordinarios —como hidratación, nutrición o alivio del dolor— y medidas extraordinarias que solo prolongan una existencia precaria y dolorosa.4
La dignidad de la persona humana conlleva el derecho a morir con la mayor serenidad posible y con su dignidad humana y cristiana intacta. Precipitar la muerte o retrasarla mediante «tratamientos médicos agresivos» priva a la muerte de su dignidad debida.1
Este concepto no rechaza el progreso médico, sino que lo orienta hacia el bien integral del enfermo, respetando su vocación a la santidad incluso en el sufrimiento.2
