El término encíclica proviene del griego egkyklios, que significa «circular»1. En sus inicios, el término no se limitaba exclusivamente a los documentos papales, sino que también se aplicaba a cartas circulares de obispos o arzobispos dirigidas a sus propias diócesis o a otros obispos1. Estas cartas, cuando eran dirigidas por un obispo a todos sus súbditos en general, se conocen hoy comúnmente como cartas pastorales1,2.
Con el tiempo, el uso del término se ha restringido casi exclusivamente a ciertos documentos papales que se distinguen en su forma técnica de las Bulas o Breves ordinarios1. En la actualidad, las encíclicas se dirigen explícitamente a los patriarcas, primados, arzobispos y obispos de la Iglesia universal en comunión con la Sede Apostólica1. Sin embargo, existen excepciones donde las encíclicas se han dirigido a los obispos de un país en particular, como la carta de Pío X a los obispos de Francia en 19071.
La forma de esta carta apostólica ha estado en uso ocasional durante mucho tiempo, pero ha sido en los últimos pontificados cuando las comunicaciones más importantes de la Santa Sede han adoptado la forma de encíclicas1. Por ejemplo, Benedicto XIV publicó una Epistola encyclica et commonitoria sobre los deberes del oficio episcopal poco después de su elección en 17401. Pío IX también emitió importantes pronunciamientos en este formato, como la famosa Quanta cura de 1864, acompañada por el Syllabus de errores1.
