La fe católica contempla la muerte a la luz de la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo. El entierro no constituye un simple trámite social ni una medida sanitaria: forma parte de la expresión visible de la esperanza cristiana.
La Iglesia encomienda a Dios al difunto y entrega su cuerpo a la tierra con la esperanza de la resurrección gloriosa. La sepultura manifiesta que el cuerpo pertenece de manera integral a la persona humana y que conserva su dignidad incluso después de la muerte. El cuerpo no constituye una cárcel de la que el alma deba liberarse, ni la muerte equivale a la desaparición definitiva de la persona.1
La inhumación también evita presentar la muerte como una fusión con la naturaleza, una etapa de un ciclo de reencarnaciones o una disolución del individuo en el universo. Tales interpretaciones resultan incompatibles con la visión cristiana de la persona, creada por Dios y llamada a la resurrección.1,2
Una obra de misericordia corporal
La tradición católica incluye enterrar a los muertos entre las obras de misericordia corporales. El libro de Tobías elogia al justo Tobit por haber dado sepultura a los difuntos, y la Iglesia ha visto en ese gesto una manifestación concreta de caridad hacia el prójimo.1,2
Esta obra de misericordia comprende varios actos:
- Tratar el cuerpo del difunto con respeto.
- Procurar una sepultura digna.
- Acompañar a la familia en el duelo.
- Orar por el fallecido.
- Conservar la memoria del difunto dentro de la comunidad cristiana.
- Evitar que la muerte quede reducida a un asunto puramente privado.
El entierro expresa así la solidaridad de la Iglesia con sus hijos, tanto vivos como difuntos.
