La envidia se define como la tristeza ante el bien de otro y el deseo inmoderado de poseerlo para uno mismo1. Santo Tomás de Aquino explica que esta tristeza surge de considerar el bien ajeno como un obstáculo para la propia excelencia, o como una disminución de la misma2. No se trata de un simple deseo de tener lo que otro posee, sino de una aflicción por el hecho de que el otro lo tenga3.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CCC) la describe como un pecado capital1,4. La envidia se distingue del celo virtuoso, que es el deseo de imitar las buenas obras o virtudes de otro. Mientras que el celo busca el propio progreso, la envidia se entristece por el éxito ajeno5,3.
Envidia y Pecado Capital
La envidia es considerada un pecado capital porque de ella nacen otros pecados2. San Gregorio Magno y Santo Tomás de Aquino, entre otros, enumeran sus «hijas»: el odio, la detracción, la calumnia, la alegría por la desgracia ajena y la tristeza por la prosperidad del prójimo6,4,2. Estos vicios demuestran cómo la envidia corroe las relaciones humanas y la caridad2.
San Agustín la llamó el «pecado diabólico»4, una referencia a la creencia de que la envidia del diablo fue la causa de la entrada del pecado en el mundo. La envidia es particularmente grave cuando desea un daño grave al prójimo, convirtiéndose entonces en pecado mortal4.

