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Epíclesis

La epíclesis es la invocación litúrgica dirigida principalmente al Espíritu Santo dentro de la oración eucarística. La Iglesia pide al Padre que envíe el Espíritu para santificar los dones de pan y vino, hacerlos sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo y transformar a quienes participan en la comunión en un solo cuerpo eclesial.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreEpíclesis
CategoríaTérmino
DescripciónOración que pide al Padre que envíe al Espíritu Santo para santificar el pan y el vino y a los comulgantes. Invocación litúrgica al Espíritu Santo dentro de la oración eucarística. Es la invocación del Espíritu Santo durante la anáfora eucarística, con dos finalidades: santificar los dones (pan y vino) transformándolos en Cuerpo y Sangre de Cristo, y unir a los comulgantes en un solo cuerpo y espíritu. Pedimos al Espíritu Santo que santifique los dones y a los fieles, realzando la presencia de Cristo y la unidad de la Iglesia
Aplicación MoralFomenta la edificación de la comunidad y la unidad eclesial mediante la acción del Espíritu.
Contexto HistóricoPresente desde la liturgia primitiva; debatida entre latinos y bizantinos, reforzada tras el Concilio Vaticano II con nuevas plegarias epicléticas.
Importancia EclesialRefuerza la acción conjunta de la Trinidad en la Eucaristía y la participación activa de los fieles en la vida de la Iglesia.
Interpretación TradicionalLa tradición latina destaca las palabras de la institución; la oriental otorga gran relevancia a la epíclesis como momento culminante.
SimbolismoTransformación sacramental de los dones y comunión del pueblo en cuerpo de Cristo.
TemaOración eucarística
TipoTérmino litúrgico

Tabla de contenido

Etimología y significado

La palabra epíclesis procede del griego epíklēsis, que significa «invocación» o «llamada». En el lenguaje litúrgico designa habitualmente la invocación del Espíritu Santo dentro de la anáfora, es decir, la oración eucarística. Sin embargo, algunas tradiciones también conocen invocaciones dirigidas al Logos, el Verbo eterno.1

La epíclesis no constituye una fórmula aislada ni posee idéntica estructura en todas las liturgias. Su sentido depende del conjunto de la oración eucarística, de la posición que ocupa y de la tradición litúrgica concreta.

La doble finalidad de la epíclesis

La epíclesis posee dos dimensiones estrechamente relacionadas, aunque conviene distinguirlas con precisión.

Epíclesis sobre los dones

La primera invoca al Espíritu Santo sobre el pan y el vino para que los santifique y los transforme en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. En muchas anáforas orientales, esta petición aparece con gran claridad inmediatamente antes o después del relato de la institución.1,3

La Iglesia no pide una transformación de Dios, sino la realización sacramental de la obra salvífica de Cristo en los dones ofrecidos. La acción del Espíritu actualiza para la Iglesia el misterio pascual y hace posible la participación real de los fieles en Cristo.

Epíclesis sobre los comulgantes

La segunda invoca al Espíritu Santo sobre quienes reciben la Eucaristía, para que formen un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo. El objetivo de la transformación de los dones no consiste únicamente en producir la presencia sacramental de Cristo, sino también en incorporar a los fieles a su Cuerpo, que es la Iglesia.1,2

Esta dimensión explica la relación entre Eucaristía, comunión y unidad eclesial. La celebración no termina en la adoración individual del Sacramento: conduce a la edificación de la Iglesia y a una vida renovada por el Espíritu Santo.

Fundamento teológico

La epíclesis expresa la acción conjunta de la Trinidad en la Eucaristía. El Padre recibe la ofrenda de la Iglesia; el Hijo, Sumo Sacerdote y único mediador, ofrece sacramentalmente su sacrificio; y el Espíritu Santo realiza la santificación y lleva a los fieles a la comunión con Cristo.

La Iglesia invoca al Espíritu porque la Eucaristía supera toda capacidad humana. La transformación sacramental no procede de la eficacia espiritual de la comunidad ni de la virtud personal del ministro, sino de la acción divina.2

La relación entre el Espíritu Santo y la Eucaristía aparece vinculada a la creación y a la encarnación. El Espíritu, que da vida a la creación, descendió sobre María y obró la humanidad de Cristo; en la Eucaristía actúa también para realizar la nueva creación y unir a los fieles con el Señor resucitado.2

Relación con las palabras de la institución

La epíclesis debe entenderse junto con el relato de la institución y las palabras de Cristo: «Esto es mi Cuerpo» y «Esta es mi Sangre». La tradición católica no contrapone la acción de Cristo y la del Espíritu Santo. Cristo permanece como único consagrante de la Eucaristía y dispensador del Espíritu, mientras que el Espíritu realiza la obra santificadora de Cristo.3

La teología sacramental latina tradicional ha atribuido una eficacia consecratoria decisiva a las palabras de la institución. El Concilio de Trento estableció que la epíclesis no resulta necesaria para la validez de la Eucaristía.3

Esta afirmación no convierte la epíclesis en un elemento irrelevante. La invocación manifiesta que la consagración pertenece a la acción de Cristo en el Espíritu y que la Eucaristía produce también la unidad de la Iglesia.

Tradición latina y tradición oriental

La perspectiva latina

La teología latina tradicional ha subrayado especialmente las palabras de la institución como forma sacramental de la Eucaristía. Desde esta perspectiva, la consagración acontece por la acción de Cristo expresada en sus palabras, pronunciadas por el sacerdote en la persona de Cristo.

El Canon romano contiene oraciones que pueden interpretarse en clave epiclética, aunque la primera de ellas no invoca explícitamente al Espíritu Santo. La oración Quam oblationem pide que Dios bendiga y acepte la ofrenda, mientras que Supplices te rogamus solicita que el ángel lleve la oblación al altar celestial. Ambas oraciones rodean el relato de la institución y la anamnesis.4,1

La teología latina ha ofrecido diversas interpretaciones de estas peticiones. Algunos autores las relacionaron con la santificación de la recepción de la Eucaristía o con la integridad del misterio sacramental, sin atribuirles la misma función que las palabras de Cristo.5

La perspectiva oriental

Las liturgias orientales conceden una importancia muy notable a la invocación del Espíritu Santo. En la tradición bizantina, la epíclesis aparece después del relato de la institución y pide expresamente que el Espíritu descienda sobre los dones para transformarlos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.1

La teología ortodoxa ha considerado tradicionalmente la epíclesis como el momento culminante de la liturgia eucarística. En algunos planteamientos, la transformación de los dones no puede entenderse sin esa invocación, aunque la propia liturgia bizantina coloca la epíclesis después de las palabras de la institución.1

La diferencia histórica entre Oriente y Occidente no permite reducir una tradición a la otra. La teología latina pone el acento en las palabras de Cristo; la oriental, en la invocación del Espíritu. La doctrina católica afirma la eficacia de las palabras de la institución y, al mismo tiempo, reconoce la acción inseparable del Espíritu Santo en la celebración eucarística.

La controversia sobre el momento de la consagración

Durante siglos, la posición de la epíclesis dentro de las anáforas orientales provocó controversias entre teólogos latinos y bizantinos. Los latinos preguntaban cómo podía una invocación posterior a las palabras de la institución tener una función consecratoria. Los bizantinos, por su parte, defendían la importancia decisiva de la invocación del Espíritu.1

La controversia adquirió mayor intensidad cuando los misioneros latinos conocieron las liturgias orientales y cuando las obras de los teólogos escolásticos llegaron al mundo griego. El debate quedó vinculado a distintas concepciones sobre la estructura de la oración eucarística y sobre la relación entre las palabras de Cristo y la acción del Espíritu.1

Los Padres de la Iglesia contemplaban normalmente una relación dinámica entre ambos elementos, no una oposición. San Ambrosio interpretaba conjuntamente el relato de la institución, la anamnesis y las plegarias sobre los dones y los comulgantes. Las palabras de Cristo poseen eficacia plena, pero alcanzan su sentido litúrgico completo dentro de la acción total de la Iglesia, realizada en el Espíritu Santo.1

La epíclesis en el Canon romano

El Canon romano, actualmente denominado Plegaria eucarística I, presenta una estructura distinta de muchas anáforas orientales. Su primera oración epiclética, Quam oblationem, no menciona expresamente al Espíritu Santo. Por ello, algunos estudios litúrgicos distinguen entre una epíclesis en sentido amplio y una invocación explícita del Espíritu en sentido estricto.4

La estructura del Canon romano organiza varias oraciones antes y después del relato de la institución. La petición inicial sobre la ofrenda encuentra un cierto equilibrio en las oraciones posteriores, entre ellas Supplices te rogamus. El centro de la plegaria está formado por el relato de la institución y la anamnesis.4

Esta composición muestra que la tradición romana no separa artificialmente consagración, memorial, ofrenda, intercesión y comunión. La oración eucarística constituye una unidad en la que cada parte ilumina las demás.

Evolución de las plegarias eucarísticas del Misal Romano

Antes de la reforma litúrgica

Durante muchos siglos, el rito romano utilizó prácticamente una única plegaria eucarística: el Canon romano. Su lenguaje y su estructura reflejaban la tradición litúrgica romana, con una presencia explícita del Espíritu Santo mucho menor que en las anáforas orientales.4

La tradición romana poseía, no obstante, una dimensión epiclética propia. La oración Quam oblationem pedía la aceptación y santificación de la ofrenda, aunque no identificaba expresamente esa acción con una invocación al Espíritu Santo.

Después del Concilio Vaticano II

La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II incorporó nuevas plegarias eucarísticas al Misal Romano. Estas composiciones recuperaron elementos procedentes de antiguas anáforas, especialmente de la tradición oriental y de textos atribuidos a la tradición apostólica.6,7

Las nuevas plegarias introdujeron de forma explícita la epíclesis del Espíritu Santo sobre los dones. La Plegaria eucarística II, inspirada ampliamente en la anáfora de la Tradición apostólica, añadió una invocación del Espíritu antes del relato de la institución para mantener la eficacia consecratoria de las palabras de Cristo dentro de la estructura romana.6

La Plegaria eucarística II contiene también una invocación posterior a la anamnesis que pide la unidad de quienes participan en la Eucaristía. De este modo, su estructura distingue la santificación de los dones de la santificación de los comulgantes.6,8

La Plegaria eucarística III presenta una epíclesis inicial con un marcado contenido trinitario. Invoca la acción del Espíritu para santificar los dones y relaciona esa acción con la reunión del pueblo de Dios. Después de la institución y de la anamnesis, la epíclesis de comunión pide que la participación en el sacrificio de Cristo haga de los fieles un solo cuerpo y un solo espíritu.8

La Plegaria eucarística IV ofrece una síntesis más amplia de la historia de la salvación y articula la acción del Espíritu con la santificación de los dones, la participación sacramental y la unidad de la Iglesia.

Estas reformas no sustituyeron la teología latina por la oriental ni trasladaron sin más una fórmula de una tradición a otra. El Misal Romano integró la epíclesis explícita dentro de la estructura propia del rito romano, manteniendo el relato de la institución y las palabras de Cristo en el centro de la celebración.

La epíclesis de santificación y la epíclesis de unidad

La distinción entre ambas invocaciones resulta fundamental.

La epíclesis sobre los dones pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para santificar el pan y el vino. Su objeto inmediato son las ofrendas eucarísticas y su finalidad consiste en que lleguen a ser el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La epíclesis sobre los comulgantes pide que quienes reciben la Eucaristía formen una unidad profunda en Cristo. Su objeto inmediato son los miembros de la asamblea y su finalidad consiste en la edificación de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Ambas dimensiones forman una única dinámica sacramental: el Espíritu transforma los dones para transformar a la comunidad. La Eucaristía no produce una presencia de Cristo desligada de la Iglesia, ni una unidad eclesial separada de la comunión real con el Señor.

Gestos litúrgicos

El sacerdote suele acompañar la epíclesis con las manos extendidas sobre los dones. Este gesto expresa la invocación de la acción divina y aparece documentado en la tradición eucarística antigua.3

La asamblea participa mediante la escucha, la fe, la respuesta litúrgica y la recepción sacramental. La epíclesis no constituye una oración privada del celebrante, sino una súplica de toda la Iglesia reunida para celebrar el misterio pascual.

Dimensión eclesial y escatológica

La epíclesis orienta la celebración hacia el futuro del Reino de Dios. El Espíritu Santo transforma la comunidad presente y la dirige hacia la plenitud escatológica, cuando Cristo consumará la unidad de todas las cosas.

La Eucaristía anticipa la renovación del mundo. El Espíritu que santifica los dones y reúne a los fieles hace visible sacramentalmente la nueva creación y orienta a la Iglesia hacia la venida definitiva de Cristo.1,2

La epíclesis también manifiesta que la Iglesia depende continuamente del Espíritu Santo. La unidad cristiana no nace de una simple organización humana: procede de la comunión con Cristo y de la acción vivificante del Espíritu.

Valor doctrinal

La epíclesis pertenece a la estructura teológica de la oración eucarística y expresa una verdad esencial de la fe: el Padre realiza por el Hijo, en el Espíritu Santo, la santificación del sacrificio eucarístico y la incorporación de los fieles a Cristo.

La doctrina católica mantiene que la epíclesis no resulta necesaria para la validez de la Eucaristía, pero reconoce su importancia litúrgica, pneumatológica y eclesial. La invocación ayuda a comprender que las palabras de Cristo no actúan de forma aislada, como una fórmula mágica, sino dentro de la acción sacramental de Cristo resucitado y del Espíritu Santo.3,1

Resumen

La epíclesis es la invocación del Espíritu Santo dentro de la oración eucarística. Presenta dos finalidades inseparables: santificar los dones para que sean el Cuerpo y la Sangre de Cristo y hacer de los participantes un solo cuerpo y un solo espíritu. La tradición latina subraya las palabras de la institución, mientras que las liturgias orientales conceden un relieve especial a la epíclesis. La liturgia católica mantiene ambas realidades en relación, sin identificarlas de manera simplista ni oponerlas.

Citas y referencias

  1. Epíclesis, Edward G. Farrugia. Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano, Epíclesis (2015). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
  2. Parte dos: Las partes de la misa como guía del tema del congreso - V. La liturgia de la eucaristía: Comunión con Cristo en la eucaristía - V.C. La oración eucarística - acto comunitario de acción de gracias a Dios el Padre - V.C.I. Epíclesis - ser reunidos en unidad por el Espíritu Santo, Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales. La eucaristía: Comunión con Cristo y entre los unos con los otros, 89 (2011). 2 3 4 5
  3. Capítulo IV: La liturgia de la eucaristía - La epíclesis sobre los dones consagrados, Sínodo de Obispos. La eucaristía: Fuente y Cumbre de la Vida y Misión de la Iglesia, 38 (2004). 2 3 4 5
  4. Instituto Pontificio Litúrgico. Manual de Estudios Litúrgicos: La Eucaristía (Volumen III), 169 (1999). 2 3 4
  5. Epiklesis. Enciclopedia Católica, Epiklesis (1913).
  6. Instituto Pontificio Litúrgico. Manual de Estudios Litúrgicos: La Eucaristía (Volumen III), 361 (1999). 2 3
  7. E. Epíclesis, Instituto Pontificio Litúrgico. Manual de Estudios Litúrgicos: La Eucaristía (Volumen III), 355 (1999).
  8. Instituto Pontificio Litúrgico. Manual de Estudios Litúrgicos: La Eucaristía (Volumen III), 170 (1999). 2
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