Antes de la reforma litúrgica
Durante muchos siglos, el rito romano utilizó prácticamente una única plegaria eucarística: el Canon romano. Su lenguaje y su estructura reflejaban la tradición litúrgica romana, con una presencia explícita del Espíritu Santo mucho menor que en las anáforas orientales.
La tradición romana poseía, no obstante, una dimensión epiclética propia. La oración Quam oblationem pedía la aceptación y santificación de la ofrenda, aunque no identificaba expresamente esa acción con una invocación al Espíritu Santo.
Después del Concilio Vaticano II
La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II incorporó nuevas plegarias eucarísticas al Misal Romano. Estas composiciones recuperaron elementos procedentes de antiguas anáforas, especialmente de la tradición oriental y de textos atribuidos a la tradición apostólica.,
Las nuevas plegarias introdujeron de forma explícita la epíclesis del Espíritu Santo sobre los dones. La Plegaria eucarística II, inspirada ampliamente en la anáfora de la Tradición apostólica, añadió una invocación del Espíritu antes del relato de la institución para mantener la eficacia consecratoria de las palabras de Cristo dentro de la estructura romana.
La Plegaria eucarística II contiene también una invocación posterior a la anamnesis que pide la unidad de quienes participan en la Eucaristía. De este modo, su estructura distingue la santificación de los dones de la santificación de los comulgantes.,
La Plegaria eucarística III presenta una epíclesis inicial con un marcado contenido trinitario. Invoca la acción del Espíritu para santificar los dones y relaciona esa acción con la reunión del pueblo de Dios. Después de la institución y de la anamnesis, la epíclesis de comunión pide que la participación en el sacrificio de Cristo haga de los fieles un solo cuerpo y un solo espíritu.
La Plegaria eucarística IV ofrece una síntesis más amplia de la historia de la salvación y articula la acción del Espíritu con la santificación de los dones, la participación sacramental y la unidad de la Iglesia.
Estas reformas no sustituyeron la teología latina por la oriental ni trasladaron sin más una fórmula de una tradición a otra. El Misal Romano integró la epíclesis explícita dentro de la estructura propia del rito romano, manteniendo el relato de la institución y las palabras de Cristo en el centro de la celebración.