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Eremitismo

El eremitismo, también llamado vida eremítica o vida anacorética, constituye una forma cristiana de consagración caracterizada por la retirada radical del mundo, el silencio de la soledad, la oración perseverante y la penitencia. La Iglesia católica reconoce esta vocación tanto dentro de determinadas comunidades monásticas como, en la Iglesia latina, mediante la consagración individual de una persona bajo la autoridad del obispo diocesano, conforme al canon 603 del Código de Derecho Canónico.

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NombreEremitismo
CategoríaTérmino
DescripciónVocación reconocida por la Iglesia que consiste en una separación más estricta del mundo, vida de silencio, oración y penitencia, con profesión pública de los consejos evangélicos. Forma cristiana de consagración que implica retirada radical del mundo, silencio de la soledad, oración perseverante y penitencia, bajo la autoridad del obispo según el canon 603 del Código de Derecho Canónico
Autoridad EclesiásticaObispo diocesano (según el canon 603 del Código de Derecho Canónico).
Contexto BíblicoEjemplos bíblicos de vida solitaria incluyen a Elías, Juan el Bautista y Jesucristo, quienes se retiraron al desierto para ayunar, orar y recibir revelación divina.
Contexto HistóricoSe originó en los primeros siglos del cristianismo con ascetas como San Pablo de Tebas y San Antonio, se expandió en Egipto, Palestina, Siria y Occidente, y fue formalmente regulado por el canon 603 del Código de Derecho Canónico (1983).
ImportanciaReconocida como una de las expresiones más antiguas de la vida consagrada y como forma apostólica de oración, penitencia y contemplación dentro de la Iglesia.
TipoTérmino teológico, III-IV, Primeros siglos del cristianismo; desarrollo medieval y contemporáneo

Tabla de contenido

Concepto y terminología

La palabra eremita procede del griego érēmos, «desierto» o «lugar solitario». El término anacoreta deriva de una palabra griega relacionada con la idea de retirarse o apartarse. Ambos vocablos designan a quien abandona las condiciones ordinarias de la vida social para buscar una unión más intensa con Dios mediante la soledad y la contemplación.1

El eremitismo no equivale simplemente a vivir solo. La soledad cristiana posee una finalidad espiritual concreta: la alabanza de Dios, la intercesión por la Iglesia y la salvación del mundo. La separación exterior pretende favorecer una entrega interior más completa, no expresar desprecio hacia la sociedad ni rechazo de la vocación bautismal al amor del prójimo.

La vida eremítica pertenece a la tradición de la vida consagrada, aunque no siempre adopta la forma de una comunidad religiosa. El Catecismo de la Iglesia Católica describe a los eremitas como fieles que consagran su vida a Dios mediante «una separación más estricta del mundo, el silencio de la soledad y la oración y penitencia asiduas».2

Fundamentos bíblicos y espirituales

La tradición cristiana ha contemplado diversos precedentes bíblicos de la vida solitaria:

  • Elías, profeta que vivió largos periodos de retiro y escucha de Dios.
  • Juan el Bautista, cuya predicación comenzó en el desierto y cuya existencia estuvo marcada por la austeridad.
  • Jesucristo, que se retiró al desierto para ayunar y afrontar la tentación, y que buscó con frecuencia lugares solitarios para orar.
  • Los profetas y justos de Israel, que experimentaron el desierto como lugar de purificación, combate espiritual y encuentro con Dios.

La tradición monástica no considera estos ejemplos como una institución jurídica de la vida eremítica, sino como imágenes bíblicas que iluminaron la vocación de los primeros solitarios cristianos. Juan Casiano relacionó expresamente el origen de la vida anacorética con san Pablo de Tebas y san Antonio, y presentó su retiro como una búsqueda de una contemplación más profunda, no como una huida motivada por cobardía o impaciencia.3

El desierto posee en la espiritualidad cristiana un valor simbólico. Representa el lugar donde desaparecen muchas seguridades humanas y donde la persona afronta con mayor claridad sus pasiones, tentaciones y dependencias. Por esta razón, el eremitismo exige madurez espiritual: la ausencia de relaciones ordinarias no elimina el combate interior, sino que puede hacerlo más intenso.

Historia

Los primeros ascetas cristianos

Durante los tres primeros siglos, numerosos cristianos practicaron formas de ascetismo sin pertenecer todavía a monasterios organizados. Vírgenes, viudas y otros fieles consagrados vivían en sus casas, practicaban la continencia, ayunaban, trabajaban para sostenerse y entregaban parte de sus bienes a los pobres. La vida monástica propiamente dicha surgió más tarde, a finales del siglo III y comienzos del IV.4

Las persecuciones contribuyeron a impulsar la retirada de algunos cristianos hacia lugares apartados. Sin embargo, la vida eremítica no nació únicamente como una reacción ante la persecución. Muchos ascetas buscaron voluntariamente el desierto para dedicarse a la oración, la penitencia y el combate espiritual.

San Pablo de Tebas y san Antonio abad

La tradición occidental considera a san Pablo de Tebas uno de los primeros grandes eremitas cristianos. San Jerónimo narró su vida en Vita Pauli primi eremitae-Vida de Pablo, primer eremita- y transmitió la tradición según la cual Pablo se retiró al desierto durante la persecución de Decio. El propio Jerónimo reconoció la dificultad de determinar quién inició históricamente esta forma de vida y distinguió entre el primero que vivió como eremita y quien impulsó su expansión.5

San Antonio abad desempeñó un papel decisivo en la difusión del eremitismo egipcio durante el siglo IV. Aunque vivió en soledad, atrajo discípulos y orientó a otros ascetas. Su figura quedó vinculada a la expansión de la vida monástica en Egipto y, posteriormente, en Palestina, Siria, Asia Menor y Occidente.6

La Vida de Antonio, escrita por san Atanasio de Alejandría, no aparece entre las fuentes documentales disponibles para este artículo; por ello, la presentación histórica de san Antonio debe apoyarse aquí en la tradición monástica transmitida por san Jerónimo, Casiano y los estudios históricos citados.

Eremitismo y cenobitismo

En Egipto surgieron dos formas principales de monacato:

  • La vida eremítica, centrada en la soledad individual o en pequeños grupos de solitarios.
  • La vida cenobítica, basada en la vida común bajo una regla y una autoridad superior.

San Pacomio suele figurar como el gran organizador de la vida cenobítica, mientras que san Antonio representa el modelo eremítico. La tradición cristiana no establece una oposición absoluta entre ambas formas. Muchos monasterios nacieron alrededor de la celda de un eremita, y numerosos monjes comenzaron su formación en comunidad antes de recibir autorización para vivir en soledad.4

Juan Casiano presentó la vida anacorética como una forma de perfección que normalmente presupone una preparación anterior en la vida común. En sus Colaciones, especialmente en la conferencia atribuida al abad Piamón, explicó que los anacoretas procedían de quienes habían aprendido a combatir los vicios dentro de la comunidad y después afrontaban el combate espiritual en el desierto.3

Desarrollo en Oriente

El eremitismo tuvo un desarrollo extraordinario en Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia y Asia Menor. En lugares como Nitria y las Celdas vivían numerosos solitarios en celdas separadas, aunque mantenían ciertos vínculos litúrgicos y sociales. Muchos acudían a una iglesia común los sábados y domingos, recibían dirección espiritual y dependían de redes de trabajo, hospitalidad y ayuda mutua.7

La tradición oriental también desarrolló formas intermedias entre el aislamiento completo y la vida cenobítica:

  • La celda individual, habitada por un solo monje.
  • El pequeño grupo de solitarios, conocido como skete.
  • La laura, formada por varias celdas que compartían determinadas celebraciones litúrgicas.
  • El monasterio cenobítico, con vida común organizada bajo un superior.

Estas formas muestran que la soledad eremítica nunca implicó necesariamente una independencia absoluta respecto de la Iglesia, de la liturgia o de una autoridad espiritual.4

Desarrollo en Occidente

La vida eremítica llegó a Occidente durante el siglo IV y alcanzó especial difusión en los siglos siguientes. Italia, la Galia, Hispania y otras regiones conocieron eremitas que vivían en cuevas, celdas, islas, bosques o lugares apartados.

Durante la Edad Media aparecieron diversas modalidades:

  • Eremitas vinculados a monasterios.
  • Solitarios que vivían alrededor de una iglesia o ermita.
  • Reclusos y reclusas encerrados en una celda con autorización eclesiástica.
  • Comunidades de ermitaños que combinaban la soledad individual con ciertos actos comunes.
  • Estilitas, que practicaban la ascesis sobre columnas.
  • Solitarios itinerantes o vinculados a santuarios y lugares de peregrinación.

La historia también conoció abusos, falsas vocaciones y formas de aislamiento sin obediencia eclesial. Por esta razón, la autoridad de los superiores monásticos y de los obispos adquirió progresivamente mayor importancia en la regulación de la vida eremítica.6

El canon 603 del Código de Derecho Canónico

El canon 603 constituye la norma fundamental para la vida eremítica en la Iglesia latina. El canon contiene dos párrafos estrechamente relacionados, pero con funciones distintas.

Reconocimiento de la vida eremítica

El primer párrafo establece:

«Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, por la cual los fieles cristianos, con una separación más estricta del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, consagran su vida a la alabanza de Dios y a la salvación del mundo».8

Esta formulación contiene los elementos esenciales de la vocación:

Separación más estricta del mundo

La separación no exige necesariamente una distancia geográfica absoluta ni una incomunicación total. El canon habla de una retirada «más estricta», lo cual implica una forma estable y exigente de apartamiento respecto de las relaciones, actividades y preocupaciones ordinarias.

El grado concreto de separación depende del programa de vida aprobado por el obispo. Un eremita puede mantener los contactos necesarios para recibir los sacramentos, adquirir alimentos, trabajar, atender obligaciones civiles o cumplir un servicio eclesial compatible con su vocación.

Silencio de la soledad

El silencio no consiste únicamente en hablar poco. Abarca un modo de vida que reserva amplios espacios a la escucha de Dios, la oración y la interioridad. El silencio exterior ayuda a cultivar el silencio interior, aunque no garantiza por sí mismo la contemplación ni la santidad.

Oración asidua y penitencia

La oración debe ocupar un lugar central y estable en el programa de vida. Puede incluir la celebración diaria de la Eucaristía cuando resulte posible, la Liturgia de las Horas, la lectio divina, la adoración eucarística, el rosario, la oración mental y otras prácticas aprobadas por la autoridad eclesial.

La penitencia expresa la conversión permanente y la participación en la cruz de Cristo. No autoriza prácticas perjudiciales para la salud ni permite que cada persona determine arbitrariamente austeridades extremas. El discernimiento espiritual y la prudencia cristiana resultan indispensables.

Alabanza de Dios y salvación del mundo

El eremita no abandona la Iglesia ni deja de formar parte de la misión cristiana. Su vida posee una dimensión apostólica principalmente espiritual: oración de intercesión, penitencia, testimonio de la primacía de Dios y ofrecimiento de la propia existencia por la Iglesia y el mundo.

Reconocimiento jurídico como persona consagrada

El segundo párrafo del canon 603 establece que el eremita recibe reconocimiento jurídico como persona consagrada cuando reúne tres requisitos:

  1. Profesión pública de los tres consejos evangélicos.
  2. Confirmación de esa profesión mediante voto u otro vínculo sagrado.
  3. Observancia de un programa propio de vida bajo la dirección del obispo diocesano.8

Los tres consejos evangélicos son:

  • Castidad perfecta en el celibato, que orienta toda la afectividad hacia Dios y excluye el matrimonio.
  • Pobreza, que ordena el uso de los bienes y somete la relación con las posesiones a las exigencias de la consagración.
  • Obediencia, que configura la libertad del eremita mediante la escucha de la autoridad legítima y la búsqueda de la voluntad de Dios.

El canon no exige necesariamente tres votos formales. La profesión puede confirmarse mediante un voto, pero también mediante otro vínculo sagrado jurídicamente reconocido. El vínculo debe poseer carácter público y relacionarse verdaderamente con los tres consejos evangélicos.9

El programa propio de vida

El programa propio de vida constituye el documento fundamental de la existencia concreta del eremita. Debe regular, entre otros aspectos:

  • El lugar de residencia.
  • El grado de separación del mundo.
  • El horario de oración y trabajo.
  • La participación en la Eucaristía y en la Liturgia de las Horas.
  • Las prácticas penitenciales.
  • La dirección espiritual.
  • El modo de administrar los bienes.
  • Las relaciones con la familia y con otras personas.
  • La atención de la salud.
  • La forma de ejercer un trabajo compatible con la vocación.
  • La utilización de medios de comunicación.
  • Las condiciones para ausentarse del lugar de retiro.

El programa no sustituye al derecho universal ni concede al eremita una autonomía ilimitada. El obispo debe aprobarlo y tiene la responsabilidad de vigilar que la vida corresponda realmente con la naturaleza de la vocación eremítica.

Eremitismo monástico y eremitismo diocesano

Eremitismo monástico

El eremitismo monástico nace dentro de una orden, congregación o monasterio. El eremita continúa perteneciendo a la comunidad y permanece sometido a la autoridad de su superior, a la regla y al derecho propio del instituto.

La soledad monástica no rompe necesariamente la incorporación jurídica al monasterio. El superior puede designar el lugar de residencia, establecer el régimen de vida y determinar las obligaciones compatibles con la condición eremítica. En la tradición oriental, el Código de Cánones de las Iglesias Orientales describe al eremita como un miembro del monasterio que se dedica enteramente a la contemplación, con autorización del superior, en un lugar designado por él y bajo la observancia del tipicón y de las normas monásticas compatibles con la soledad.10

El eremitismo monástico suele contar con una estructura de acompañamiento más definida. La comunidad proporciona formación, dirección, sustento material, atención sanitaria y vínculos litúrgicos. A cambio, el eremita acepta las obligaciones propias del instituto y las decisiones de la autoridad monástica.

Eremitismo diocesano

El eremitismo diocesano corresponde a la figura regulada directamente por el canon 603 en la Iglesia latina. El eremita no pertenece necesariamente a un instituto religioso ni a una comunidad monástica. La persona consagra públicamente su vida en manos del obispo diocesano y observa un programa propio de vida bajo su dirección.8

El obispo diocesano:

  • Discierne la autenticidad de la vocación.
  • Comprueba la idoneidad humana y espiritual del candidato.
  • Aprueba el programa propio de vida.
  • Recibe la profesión pública.
  • Supervisa el cumplimiento de las obligaciones asumidas.
  • Protege la naturaleza eclesial de la vocación.
  • Puede contar con un delegado, vicario episcopal o persona cualificada para el acompañamiento ordinario.

El canon 603 no establece un rito único ni determina necesariamente si la profesión debe ser temporal o perpetua. La autoridad diocesana debe concretar esos aspectos en el acto de consagración y en el programa de vida. La doctrina canónica también ha advertido que la autoridad episcopal necesita apoyarse en personas con experiencia en vida consagrada y espiritualidad eremítica, porque la función de gobierno requiere un discernimiento especializado.9

La soledad de laicos y religiosos fuera del canon 603

No toda persona que vive sola es eremita en sentido canónico. La soledad puede tener causas laborales, familiares, económicas, psicológicas o circunstanciales. Tampoco toda persona que escoge voluntariamente una vida retirada adquiere por ello la condición de eremita consagrado.

Laicos

Un laico puede practicar periodos prolongados de silencio, retiro, oración, ayuno o vida apartada sin recibir una consagración canónica. También puede residir en un lugar rural, trabajar en soledad o dedicar parte de su tiempo a la contemplación. Estas prácticas pueden poseer auténtico valor cristiano, pero no equivalen a la vida eremítica reconocida por el canon 603.

La persona laica continúa viviendo su vocación bautismal según sus deberes familiares, profesionales y sociales. No puede presentar su forma de vida como una consagración pública en la Iglesia sin la intervención de la autoridad eclesial competente.

Religiosos

Un religioso puede recibir permiso para vivir temporalmente fuera de la comunidad por motivos de salud, estudio, trabajo apostólico, discernimiento o retiro espiritual. Esa situación no convierte automáticamente al religioso en eremita. La profesión religiosa y la pertenencia al instituto continúan determinando su estado canónico.

Un monje puede adoptar una vida más solitaria dentro de su monasterio si el derecho propio y el superior lo permiten. En ese caso, la soledad pertenece a la forma concreta de vivir su vocación monástica, no necesariamente a la figura autónoma del eremita diocesano.

Diferencia esencial

La diferencia principal reside en la consagración pública y la autoridad eclesial. El eremita reconocido por el canon 603:

  • Asume públicamente los tres consejos evangélicos.
  • Recibe un reconocimiento jurídico como persona consagrada.
  • Vive conforme a un programa aprobado.
  • Mantiene una relación estable de dirección con el obispo diocesano.

La simple práctica privada de la soledad carece de estos elementos jurídicos, aunque pueda servir como preparación o como expresión legítima de espiritualidad cristiana.

Discernimiento de la vocación

La vida eremítica exige una vocación auténtica y una personalidad capaz de afrontar la soledad de manera equilibrada. El deseo de abandonar el mundo puede proceder de una llamada contemplativa, pero también de heridas no atendidas, aislamiento social, conflictos familiares, rechazo de responsabilidades o dificultades psicológicas.

El discernimiento debe valorar:

  • La estabilidad emocional.
  • La capacidad para vivir sin una comunidad cotidiana.
  • La salud física y mental.
  • La práctica habitual de la fe.
  • La docilidad a la dirección espiritual.
  • La capacidad para trabajar y sostenerse dignamente.
  • La ausencia de tendencias manipuladoras o de búsqueda de notoriedad.
  • La disposición para vivir bajo la autoridad del obispo.
  • La capacidad de mantener vínculos eclesiales y sacramentales.

La tradición antigua conoció procesos de prueba antes de admitir a una persona en la vida anacorética. El canon 41 del Concilio celebrado en Trullo en el año 692 exigía a quienes aspiraban a la vida anacorética un periodo prolongado de obediencia y comprobación de su propósito antes de la clausura. La norma pretendía distinguir una vocación perseverante de una búsqueda de gloria, novedad o exaltación personal.11

Formas de vida y obligaciones cotidianas

La Iglesia no impone un único modelo material de eremitismo. Un eremita puede vivir en una celda, una ermita, una casa sencilla o un pequeño terreno, siempre que el lugar y las condiciones respeten el programa aprobado.

La jornada suele articularse alrededor de:

  • La oración personal.
  • La Eucaristía.
  • La Liturgia de las Horas.
  • La lectura orante de la Sagrada Escritura.
  • El trabajo manual o intelectual.
  • El estudio.
  • La penitencia.
  • La atención de las necesidades ordinarias.
  • El descanso y el cuidado de la salud.

El trabajo no contradice la vida contemplativa. San Pablo fabricaba tiendas, y la tradición monástica vinculó con frecuencia la oración y el trabajo. El trabajo ayuda al eremita a sostenerse, evita una dependencia innecesaria y ofrece una forma concreta de servicio.

La soledad tampoco elimina la comunión eclesial. El eremita necesita recibir los sacramentos, mantener contacto con el obispo y contar con dirección espiritual. La clausura absoluta, el rechazo de toda autoridad o la pretensión de una iluminación privada incompatible con la fe católica no expresan el eremitismo auténtico.

Significado eclesial

El eremitismo recuerda que la Iglesia no existe únicamente para la actividad visible. La oración escondida, la penitencia y la contemplación poseen un valor apostólico porque toda la Iglesia vive de la gracia de Dios.

La vocación eremítica proclama varias verdades cristianas:

  • Dios merece la entrega total de la persona.
  • La contemplación pertenece al corazón de la misión de la Iglesia.
  • La eficacia cristiana no depende exclusivamente de la actividad exterior.
  • La conversión exige combate espiritual y renuncia.
  • La comunión eclesial incluye formas de vida muy distintas.
  • La soledad cristiana conduce a Dios y, en Dios, a una intercesión más profunda por el mundo.

La vida eremítica no constituye una superioridad automática sobre la vida matrimonial, la vida religiosa comunitaria o la vida laical. Cada vocación recibe su valor de la caridad y de la fidelidad a la voluntad de Dios. El aislamiento exterior, por sí mismo, no produce santidad.

Eremitismo contemporáneo

El canon 603 permitió recuperar jurídicamente en la Iglesia latina una forma de vida consagrada de origen antiguo que no depende de la pertenencia a un instituto. La norma ofrece un marco flexible, pero también exige claridad: el eremita no actúa como una persona espiritualmente independiente, sino como miembro de la Iglesia bajo la autoridad del obispo.

Actualmente, el eremitismo diocesano puede adoptar formas muy diversas. Algunas personas viven cerca de una parroquia y participan regularmente en la liturgia; otras residen en lugares apartados. Algunas ejercen un trabajo profesional; otras trabajan en tareas agrícolas, artesanales, intelectuales o de mantenimiento. Estas diferencias resultan legítimas cuando respetan el núcleo de la vocación: separación más estricta del mundo, silencio de la soledad, oración asidua, penitencia, profesión pública de los consejos evangélicos y obediencia al programa aprobado.

Conclusión

El eremitismo representa una de las expresiones más antiguas de la consagración cristiana. Desde los desiertos de Egipto hasta la regulación del canon 603, la Iglesia ha reconocido en la soledad una posible llamada a buscar a Dios con una entrega radical.

La vida eremítica auténtica no consiste en una simple retirada social. Requiere vocación discernida, oración perseverante, penitencia, estabilidad, profesión pública de los consejos evangélicos y comunión con la autoridad eclesial. El eremitismo monástico permanece vinculado a una comunidad y a un superior; el eremitismo diocesano depende directamente del obispo y de un programa propio de vida. La soledad privada de laicos o religiosos puede poseer valor espiritual, pero no equivale por sí misma a la vida eremítica consagrada reconocida por la Iglesia.

Citas y referencias

  1. Ermitaño, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente Cristiano, ermitaño (2015).
  2. Capítulo tres, Creo en el Espíritu Santo. Catecismo de la Iglesia Católica, 920 (1992).
  3. Sobre el sistema de los anacoretas y su origen. - De este número de perfectos y, si me permito la expresión, de esta raíz tan fecunda de santos, surgieron después las flores y frutos de los anacoretas también. Y de este orden hemos sabido que los iniciadores fueron los que acabamos de mencionar; a saber, San Pablo y San Antonio, hombres que frecuentaban los recodos del desierto, no por debilidad de corazón ni por la mala sombra de la impaciencia, sino por el deseo de alcanzar cotas más elevadas de perfección y contemplación divina, aunque se dice que el primero halló su camino al desierto por necesidad, mientras que en tiempos de persecución evitaba las tramas de sus vecinos. Así pues, de ese sistema del que hemos hablado brotó otro tipo de perfección, cuyos seguidores se llaman justamente anacoretas; es decir, retirados, porque, sin estar en absoluto satisfechos con la victoria mediante la cual habían pisoteado las trampas ocultas del diablo, aun viviendo entre los hombres, ansiaban combatir a los demonios en conflicto abierto y en una batalla directa, y no temían adentrarse en los vastos recodos del desierto, imitando, a saber, a Juan el Bautista, que pasó toda su vida en el desierto, a Elías, a Eliseo y a aquellos de quienes el apóstol habla así: «Vagaban con pieles de oveja y de cabra, estando necesitados, afligidos, de los que el mundo no era digno, vagando por desiertos, montes y grutas y cuevas de la tierra», Juan Casiano. Conferencia 18. Conferencia del Abad Piamun. Sobre los tres tipos de monjes, Capítulo 6. 2
  4. Monacato, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente Cristiano, Monacato (2015). 2 3
  5. Eusebio Sofrónimo Jerónimo (Jerónimo de Estridón o San Jerónimo). La vida de Paulo el primer ermitaño, 1.
  6. Eremitas. Enciclopedia Católica, Eremitas (1913). 2
  7. Monacato oriental antes de Calcedonia (d.C. 451). Enciclopedia Católica, Monacato oriental antes de Calcedonia (d.C. 451) (1913).
  8. Cán. 603. Código de Derecho Canónico, 603 (1983). 2 3
  9. Jean Baptiste Beyer. Institutos seculares 50 años después de su aprobación por la Iglesia, 1997, Número 4, pp. 657-675, 10 (1997). 2
  10. B6.o de eremitis, Sede Santa. Acta Apostólica de la Sede: Número 11, octubre, 1990, 129 (1990).
  11. Concilio de Trullo (d.C. 692) - Canon 41, Documento conciliar. Concilio de Trullo (d.C. 692), Canon 41 (692).
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