El matrimonio nace del consentimiento de los contrayentes. Para que exista ese consentimiento, la voluntad debe dirigirse a la persona con quien cada uno pretende casarse. El error de persona altera ese objeto: quien yerra no acepta como cónyuge a la persona que está realmente presente, sino a otra a la que confunde con ella. Por eso el defecto no afecta a una mera expectativa sobre el futuro cónyuge, sino a la identidad de la persona elegida.3,1
La tradición canónica expresa esta idea al distinguir entre equivocarse acerca de la persona y equivocarse acerca de una cualidad de esa persona. En el primer caso, el consentimiento apunta a alguien distinto de quien comparece. La doctrina rotal considera que este error afecta a la sustancia del consentimiento matrimonial y, por tanto, invalida el matrimonio.1
«El error en la persona invalida el matrimonio».1
La norma vigente aparece en el canon 1097 1. Su fundamento no consiste en que cualquier desacierto o engaño sobre el otro contrayente anule el matrimonio, sino en que el consentimiento debe recaer sobre la persona concreta con quien se celebra la unión.3,1


