La fe descansa en la gracia, no en la sola fuerza de razones humanas
El Concilio Vaticano I presenta un punto decisivo: Dios no solo propone el contenido de la fe; también excita, ayuda y confirma con su gracia a quienes han sido trasladados a su luz. Ese auxilio divino pertenece al núcleo mismo de la perseverancia en la fe.
Cuando una persona reduce su asentimiento a un «cálculo» de probabilidades, termina atribuyendo la estabilidad del acto de fe a la solidez psicológica o racional del estimador humano, en vez de a la acción sobrenatural que eleva la inteligencia para adherirse a la Palabra de Dios. La doctrina católica, por el contrario, insiste en que la fe requiere la virtud propia del don de Dios y no nace de una suma de datos insuficientes.,
La fe preserva su carácter sobrenatural
El Vaticano I enseña un orden doble del conocimiento: el hombre conoce por razón natural, pero también recibe verdades que superan lo que la razón humana alcanza por sí misma. Esas verdades quedan inaccesibles salvo por revelación divina.
Además, aun cuando la razón busca con piedad y prudencia y logra cierta comprensión por analogía y por el vínculo interno de los misterios con el fin último del hombre, esa comprensión no convierte los misterios revelados en algo percibido como verdades totalmente accesibles por la sola razón; los misterios permanecen velados en la condición presente.
Desde esta perspectiva, el «modelo probabilístico» choca con la estructura misma del acto de fe: la fe abraza realidades que, en su naturaleza, exceden el alcance del conocimiento meramente natural.