La Reforma Protestante, iniciada en el siglo XVI, no fue un simple movimiento de renovación interna, sino una ruptura radical con la tradición apostólica. Martín Lutero, partiendo de una interpretación personal de la justificación por la fe, rechazó progresivamente los sacramentos, la misa, las buenas obras meritorias y la jerarquía eclesial, culminando en la negación del papado.1 Su doctrina de la Biblia como única regla de fe, interpretada privadamente, abrió las puertas al subjetivismo, atrayendo a elementos anticlericales y permitiendo que príncipes seculares se arrogaran el control religioso, lo que derivó en «iglesias nacionales» dependientes del poder civil.1,3
En Zúrich, Ulrico Zwinglio estableció un segundo foco reformado, más radical en la liturgia, transformando la misa en una mera cena simbólica y rechazando tradiciones como las fiestas y peregrinaciones.1,5 Estos movimientos, respaldados por soberanos como Federico de Sajonia, se extendieron mediante la apropiación de bienes eclesiásticos y la imposición de credos por la fuerza, contradiciendo la universalidad católica.3 La consecuencia inmediata fue la proliferación de denominaciones, desde anabaptistas hasta iconoclastas, revelando la inestabilidad inherente al principio de arbitrariedad subjetiva.1,4

