El error de restringir la razón humana únicamente a los fenómenos —es decir, a lo que se percibe por los sentidos— surge en el modernismo del siglo XIX y principios del XX, influido por corrientes agnosticistas como el positivismo de Auguste Comte o el empirismo radical de David Hume. Estas filosofías postulan que el conocimiento válido se limita a lo observable y medible, excluyendo lo metafísico, lo trascendente y lo divino.1
La Iglesia Católica, desde sus primeros concilios, ha afirmado que esta visión es insuficiente y errónea. El Concilio Vaticano I (1869-1870) definió que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede conocerse con certeza por la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas (Romanos 1,20).2 Negar esto equivale a anatema.1
En el siglo XX, el modernismo lo elevó a sistema filosófico-religioso, haciendo del agnosticismo la base de su «filosofía religiosa». Los modernistas argumentaban que la razón no puede trascender los fenómenos, por lo que Dios no es objeto directo de la ciencia ni sujeto histórico.3 Pío X lo denunció como un camino hacia el ateísmo científico e histórico.
Influencias del agnosticismo en el modernismo
El agnosticismo modernista no es mera ignorancia (agnosticismo en sentido estricto), sino una transición deliberada al ateísmo positivista. Según esta doctrina:
La razón se confina a fenómenos perceptibles.
No puede elevarse a Dios ni reconocerlo en las criaturas visibles.
La teología natural y los motivos de credibilidad se desechan como «intelectualismo ridículo».
Esto ignora las definiciones conciliares y lleva a excluir a Dios de la explicación de la historia y la ciencia.1,3

