El liberalismo surgió en los siglos XVIII y XIX como una reacción contra el absolutismo monárquico y las estructuras feudales, promoviendo valores como la libertad individual, el mercado libre y la separación entre Iglesia y Estado. Sin embargo, desde una perspectiva católica, sus raíces filosóficas se encuentran en el racionalismo ilustrado, que exalta la razón humana desvinculada de la Revelación divina.
En su forma clásica, el liberalismo afirma la autonomía absoluta del individuo en materia moral, económica y política, negando la primacía del bien común sobre los intereses privados. León XIII, en Rerum novarum, ya señalaba esta desviación al criticar cómo el Estado liberal favorece a los ricos en detrimento de los pobres, violando el principio de justicia distributiva.3
«El Estado no puede limitarse a 'favorecer a una porción de los ciudadanos', a saber, a los ricos y prósperos, ni puede 'negligir a la otra', que representa claramente a la mayoría de la sociedad.»3
Esta tendencia se radicalizó en el siglo XIX, llevando a errores condenados por el magisterio, como la idea de que el Romano Pontífice debe reconciliarse con el progreso liberal y la civilización moderna, proposition condenada en el Syllabus de Pío IX.4
