La Iglesia enseña que Dios creó de la nada dos órdenes de criaturas: el espiritual (ángeles) y el corpóreo (mundo material), siendo el ser humano una unión única de ambos.1 Los ángeles son criaturas puramente espirituales, dotadas de inteligencia y voluntad, personales e inmortales, que superan en perfección a las criaturas visibles.2 En contraste, la materia no es intrínsecamente mala, sino buena por creación divina, y participa de la dignidad de la imagen de Dios en el hombre.3
En el ser humano, la distinción entre materia (cuerpo) y espíritu (alma) no implica dualismo, sino una unidad profunda. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma:
La unidad de alma y cuerpo es tan profunda que hay que considerar al alma como la «forma» del cuerpo: es decir, es por el alma espiritual por lo que el cuerpo hecho de materia llega a ser un cuerpo humano vivo, un ser personal. Espíritu y materia, en el hombre, no son dos naturalezas unidas, sino que su unión forma una sola naturaleza.4
Esta visión hilemórfica, inspirada en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, rechaza tanto el materialismo (que niega el espíritu) como el espiritualismo exagerado (que desprecia la materia). La distinción alma-espíritu, aunque presente en la Escritura (por ejemplo, en San Pablo), no introduce dualidad en el alma: el «espíritu» designa la ordenación del hombre a un fin sobrenatural.5
El Concilio IV de Letrán (1215) lo resume: Dios hizo simul los órdenes espiritual y corpóreo, y deinde al hombre, que participa de ambos.1 Esta doctrina subraya la gratuidad del orden sobrenatural, negando que Dios cree seres intelectuales sin ordenarlos a la visión beatífica.6
