El modernismo surgió a finales del siglo XIX y principios del XX como un movimiento intelectual dentro del catolicismo, influido por el racionalismo, el inmanentismo y el historicismo. Sus proponentes, principalmente clérigos como Alfred Loisy o George Tyrrell, buscaban reconciliar la fe con la modernidad, pero terminaron cuestionando los fundamentos mismos de la revelación cristiana. Según la enseñanza eclesial, este error no era una mera adaptación pastoral, sino una perversión de la mente alimentada por la curiosidad desordenada y el orgullo.4,5
Los modernistas veían la religión como un fenómeno puramente vital e inmanente al hombre, derivado de una «experiencia religiosa» subjetiva que evoluciona con la cultura. Esto llevó a rechazar la trascendencia divina y la objetividad de la verdad revelada. La Iglesia, en respuesta, identificó en el modernismo una amenaza profunda, ya que pretendía someter la fe a la filosofía contemporánea y a la ciencia, invirtiendo el orden natural donde la razón debe servir a la fe.6
