El modernismo surge a finales del siglo XIX y principios del XX como una corriente intelectual dentro del catolicismo que pretende reconciliar la fe con el pensamiento contemporáneo, influido por el humanismo, la filosofía kantiana y el racionalismo. Etimológicamente, el término alude a un exagerado amor por lo moderno, una infatuación por las ideas novedosas que transforma radicalmente la concepción de Dios, el hombre y la vida eterna.1 No es un movimiento monolítico, sino un conjunto de tendencias que se manifiestan en diversos ámbitos: teológico, filosófico y social.
Sus raíces filosóficas se encuentran en el agnosticismo, que niega la capacidad de la razón especulativa para conocer realidades suprarracionales como Dios, y en el inmanentismo, que hace depender la fe de la experiencia subjetiva del individuo.1,3 Precursores indirectos incluyen el protestantismo liberal y figuras como Rousseau, quien ya usaba el término «modernista» para criticar a ateos innovadores. En el ámbito católico, se asocia a figuras como Alfred Loisy, quien aplicó la crítica bíblica racionalista para cuestionar la historicidad de los dogmas.4,5
El modernismo no es solo teológico; extiende sus errores a lo moral, legal y social, promoviendo una emancipación total de la autoridad eclesial en favor de la conciencia individual y el progreso humano.6
