La Iglesia Católica enseña de forma ininterrumpida que la Misa es un verdadero sacrificio, en el que Cristo se ofrece a sí mismo por medio del sacerdote al Padre eterno. Esta verdad se fundamenta en la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio, culminando en definiciones dogmáticas como las del Concilio de Trento.
Presencia real y sacrificial de Cristo
El Concilio Vaticano II, en Sacrosanctum Concilium, subraya la presencia de Cristo en la liturgia, especialmente en el sacrificio de la Misa:
Cristo está presente en el sacrificio de la Misa, no solo en la persona de su ministro, «el mismo que ahora ofrece por ministerio de los sacerdotes el que antes se ofreció en la cruz», sino sobre todo bajo las especies eucarísticas.1
Esta presencia no es simbólica, sino real y sustancial, fruto de la transubstanciación, por la que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Misa renueva de manera incruenta el sacrificio cruento del Calvario, perpetuando su memoria y aplicando sus frutos.3
Eficacia pastoral del sacrificio
El mismo Concilio destaca la necesidad de celebrar la Misa con los fieles, especialmente en domingos y fiestas, para que sea pastoralmente eficaz:
Teniendo en mente aquellas Misas que se celebran con la asistencia de los fieles, sobre todo en los domingos y fiestas de precepto, el Sagrado Concilio ha establecido lo siguiente para que el sacrificio de la Misa, incluso en las formas rituales de su celebración, llegue a ser pastoralmente eficaz en el máximo grado.4
La liturgia no se limita a la Misa, pero esta es el culmen de la vida espiritual, donde se realiza la obra sacerdotal de Cristo y su Cuerpo místico.1
