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Errores modernos sobre la Misa como sacrificio

La doctrina católica entiende la Misa como el sacrificio verdadero y propio de Jesucristo, ofrecido sacramentalmente por el ministerio del sacerdote y unido inseparablemente al único sacrificio cruento de la cruz. Los errores modernos suelen reducirla a una reunión comunitaria, una conmemoración simbólica, una comida fraterna o una celebración cuya eficacia dependería principalmente de la participación visible de la asamblea. La fe católica integra, en cambio, sacrificio, sacramento, presencia real, sacerdocio ministerial y participación activa de todos los bautizados.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreErrores modernos sobre la Misa como sacrificio
CategoríaTérmino
DescripciónExplicación de la naturaleza sacrificial de la Eucaristía y corrección de concepciones erróneas que la reducen a reunión, símbolo o acto exclusivamente del sacerdote. La Misa es el verdadero y propio sacrificio de Jesucristo ofrecido sacramentalmente por el sacerdote y unido al único sacrificio de la cruz
Autoridad EclesiásticaPapa Pío XII; Concilio de Trento; Concilio Vaticano II; Comisión Teológica Internacional
Contexto HistóricoBasado en la enseñanza de Mediator Dei (1947) de Pío XII, el Catecismo del Concilio de Trento, documentos del Vaticano II y posteriores estudios teológicos.
Enseñanzas PrincipalesLa Misa no es una mera conmemoración, sino un sacrificio verdadero que actualiza el sacrificio de la cruz.; El sacerdote actúa in persona Christi Capitis y ofrece la misma Víctima que Cristo ofreció en la cruz, aunque de modo incruento.; Los fieles participan mediante su sacerdocio bautismal, pero sólo el sacerdote ordenado puede consagrar.; El sacrificio eucarístico es también propiciatorio, obteniendo gracia para vivos y difuntos.; La Misa no se reduce a una reunión comunitaria, símbolo o banquete fraterno.
ImportanciaCorrige reduccionismos modernos y preserva la integridad doctrinal del sacrificio eucarístico, esencial para la vida litúrgica y espiritual de la Iglesia.
Referencias en Documentos
Tema
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Sentido católico de la Misa

La Misa es un sacrificio verdadero y propio

La Eucaristía posee una dimensión sacrificial esencial. La Misa no consiste únicamente en recordar de manera afectiva los sufrimientos y la muerte de Cristo. En ella, Jesucristo, único Sumo Sacerdote, ofrece al Padre la misma Víctima que ofreció en la cruz, aunque mediante un modo de oblación incruento y sacramental.

Pío XII expresó esta doctrina con precisión en Mediator Dei:

«El augusto sacrificio del altar no constituye una simple conmemoración vacía de la pasión y muerte de Jesucristo, sino un acto verdadero y propio de sacrificio, por el cual el Sumo Sacerdote, mediante una inmolación incruenta, se ofrece a sí mismo como Víctima sumamente agradable al Padre eterno, como hizo en la cruz».1

La Misa no añade un nuevo sacrificio al sacrificio del Calvario. La cruz posee una eficacia única, plena y definitiva. La celebración eucarística hace sacramentalmente presente esa única oblación y aplica sus frutos a la Iglesia. Una formulación teológica contemporánea resume esta relación afirmando que la Misa no constituye un sacrificio nuevo, sino la representación sacramental y actualización eficaz del único sacrificio de Cristo.2

Por tanto, la expresión «sacrificio de la Misa» no designa una acción autónoma de la Iglesia al margen de Cristo. Cristo continúa siendo el Sacerdote principal y la Víctima ofrecida. El sacerdote ordenado actúa ministerialmente en nombre de Cristo, mientras que la Iglesia participa en esa oblación.

La misma Víctima y el mismo Sacerdote

La identidad entre el sacrificio de la cruz y el sacrificio eucarístico no significa identidad absoluta en el modo de ofrecer. En el Calvario, Cristo se entregó de forma cruenta; en la Misa, su entrega permanece sacramentalmente presente bajo las especies de pan y vino, sin derramamiento de sangre.

Mediator Dei enseña:

«Es una sola y misma Víctima; el mismo que ahora ofrece por el ministerio de los sacerdotes ofreció entonces a sí mismo en la cruz; únicamente cambia el modo de ofrecer».1

La consagración sacramental manifiesta esta oblación mediante la consagración diferenciada del pan y del vino. La separación sacramental de las especies significa de modo místico la inmolación de la Víctima divina y hace presente el poder salvador de la Pasión.3

La Misa, por consiguiente, no repite históricamente la muerte de Cristo. Cristo no vuelve a morir. La celebración actualiza sacramentalmente el sacrificio de la cruz y comunica sus frutos mediante la acción litúrgica de la Iglesia.

La Misa es también sacrificio propiciatorio

La doctrina católica no reduce la Eucaristía a sacrificio de alabanza y acción de gracias, aunque la Misa incluye necesariamente esas dimensiones. También constituye un sacrificio propiciatorio: presenta sacramentalmente ante el Padre la oblación de Cristo y obtiene misericordia y gracia para los vivos y para los difuntos.

El Catecismo del Concilio de Trento rechazó expresamente una reducción de la Misa a alabanza, acción de gracias o simple memoria:

«El santo y sagrado Sacrificio de la Misa no es solamente un sacrificio de alabanza y acción de gracias, ni una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, sino también un verdadero sacrificio propiciatorio».4

La profesión de fe asociada al Concilio de Trento afirma igualmente que en la Misa «se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio de propiciación por los vivos y por los difuntos».5

La propiciación no implica que Dios necesite una reparación externa para comenzar a amar a la humanidad. La iniciativa de la salvación procede siempre de Dios. La Iglesia llama propiciatorio al sacrificio eucarístico porque Cristo ofrece al Padre su obediencia y su amor, y esa oblación obtiene para los pecadores la gracia de la conversión, del perdón y de la santificación.

La Misa no es una mera reunión comunitaria

La asamblea no constituye por sí sola la Eucaristía

La presencia de la comunidad pertenece a la estructura ordinaria de la celebración eucarística, pero la Misa no nace de la iniciativa sociológica de un grupo. Una asamblea cristiana puede reunirse para rezar, escuchar la Palabra, cantar o realizar obras de caridad sin celebrar la Eucaristía. La Misa requiere la acción sacramental de un obispo o presbítero válidamente ordenado, unido a la Iglesia y actuando conforme a la intención de la Iglesia.

La comunidad no fabrica la presencia de Cristo ni transforma por decisión colectiva el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. La Eucaristía procede de Cristo y de su mandato, y la Iglesia recibe de Él la potestad de celebrarla.

La participación activa no equivale a protagonismo absoluto

El Concilio Vaticano II recuperó el sentido pleno del sacerdocio común de los fieles, pero esta recuperación no suprimió la diferencia entre dicho sacerdocio y el sacerdocio ministerial. Ambos participan del único sacerdocio de Cristo, aunque cada uno lo hace de un modo propio. La Comisión Teológica Internacional recuerda que ambos sacerdocios «difieren esencialmente y no sólo en grado».6

La participación activa de los fieles comprende:

  • la escucha atenta de la Palabra de Dios;
  • la oración y la acción de gracias;
  • la unión interior con la oblación de Cristo;
  • la respuesta litúrgica y el canto;
  • la recepción digna de los sacramentos;
  • la conversión de la vida;
  • la caridad y el servicio a los demás.

La actividad externa tiene valor cuando expresa la participación interior. Una persona puede desempeñar muchos servicios litúrgicos y permanecer espiritualmente distraída; otra puede participar profundamente mediante la oración silenciosa, la contrición y la unión interior con Cristo.

Pío XII explicó que los fieles ofrecen el sacrificio «por manos del sacerdote», porque el ministro del altar representa a Cristo Cabeza y ofrece en nombre de todos los miembros de su Cuerpo místico. La participación de los fieles no depende de que desempeñen una función ritual visible, sino de que unan sus corazones a la alabanza, la súplica, la expiación y la acción de gracias de Cristo y del sacerdote.7

Sacerdocio ministerial y sacerdocio común

Una única fuente: el sacerdocio de Cristo

Cristo posee el único sacerdocio del Nuevo Testamento. El sacerdocio ministerial y el sacerdocio común no compiten entre sí ni proceden de dos sacerdocios independientes. Ambos tienen su origen en Jesucristo, aunque participan de su sacerdocio de manera diversa.6

El sacerdocio común nace del Bautismo y se desarrolla mediante la fe, la esperanza, la caridad y una vida conforme al Espíritu Santo. El cristiano ofrece a Dios su existencia, sus trabajos, sus sufrimientos, sus decisiones y sus actos de amor unidos al sacrificio de Cristo.8

El sacerdocio ministerial procede del sacramento del Orden. Su finalidad consiste en servir al sacerdocio común, edificar la Iglesia y hacer presente sacramentalmente la acción de Cristo Cabeza.8

Diferencia esencial entre ambos sacerdocios

El sacerdote ordenado actúa in persona Christi Capitis, es decir, en la persona de Cristo Cabeza. Mediante el poder recibido en el sacramento del Orden, realiza la acción sacramental de Cristo y ofrece la Eucaristía en nombre de toda la Iglesia. Los fieles, por su parte, participan en la oblación en virtud de su sacerdocio bautismal.6

La Comisión Teológica Internacional describe esta diferencia con dos movimientos complementarios:

  • el obispo o presbítero representa a Cristo ante el pueblo;
  • el obispo o presbítero representa también al pueblo ante el Padre.9

Esta doble representación explica por qué el sacerdote no actúa como delegado revocable de una asamblea democrática. La comunidad no le confiere temporalmente el poder de consagrar. Cristo actúa mediante el ministro ordenado, y la Iglesia reconoce en el sacramento del Orden una estructura esencial de su vida visible.9

Por qué la Misa no es una asamblea democrática

La Misa no funciona como una reunión política en la que la mayoría determina el contenido de la celebración o concede al presidente la capacidad de realizar la Eucaristía. La liturgia pertenece a toda la Iglesia, y no a un grupo particular, a una comunidad local o al celebrante individual.

La participación de los fieles tiene una dignidad real, pero no transforma el sacerdocio común en sacerdocio ministerial. Todos pueden ofrecerse espiritualmente con Cristo; sólo el ministro ordenado puede realizar sacramentalmente la consagración eucarística en virtud del sacerdocio ministerial.

La Iglesia necesita ambos sacerdocios. El sacerdocio común alcanza sus posibilidades eclesiales gracias al ministerio ordenado, mientras que el sacerdocio ministerial existe para que los bautizados vivan plenamente su vocación sacerdotal.9

Principales errores modernos sobre la Misa

Reducir la Misa a una comida fraterna

La celebración eucarística incluye un banquete sagrado y la comunión sacramental. Sin embargo, la dimensión de comida no agota su naturaleza. La Eucaristía es el banquete de la Víctima ofrecida; la comunión presupone el sacrificio y permite participar en sus frutos.

Pío XII distingue entre el sacrificio eucarístico y la comunión. La comunión pertenece a la integridad de la Misa y expresa la participación en el sacramento, pero sólo el sacerdote celebrante tiene obligación de comulgar; para los fieles, la comunión resulta muy recomendable, no una condición que convierta por sí sola una reunión en Misa.3

La reducción de la Misa a una comida fraterna produce varias deformaciones:

  • desplaza el altar y la oblación de Cristo hacia la convivencia humana;
  • interpreta la comunión como un gesto de cohesión social;
  • olvida la dimensión expiatoria y propiciatoria;
  • presenta la asamblea como origen de la celebración;
  • debilita la conciencia de la presencia real de Cristo.

La comunión cristiana no nace simplemente de la simpatía entre los participantes. Nace de la unión con Cristo, ofrecido sacramentalmente al Padre y recibido en el Sacramento.

Convertir la Misa en una conmemoración simbólica

La palabra «memoria», aplicada a la Eucaristía, no significa un recuerdo subjetivo de un acontecimiento ausente. La liturgia hace presente sacramentalmente el misterio pascual. Cristo no permanece lejos mientras la comunidad evoca su muerte; actúa en la celebración y comunica los frutos de su Pasión.

El Catecismo del Concilio de Trento negó que la Misa fuera «una mera conmemoración» del sacrificio de la cruz y afirmó que de este sacrificio incruento proceden los frutos de la oblación cruenta de Cristo.4

La teoría que reduce la Eucaristía a símbolo puede conservar un lenguaje religioso, pero altera el contenido de la fe católica. Un símbolo litúrgico no constituye una imagen puramente decorativa: el signo sacramental realiza eficazmente aquello que significa. En la Eucaristía, la consagración hace presente verdadera, real y sustancialmente a Cristo, y la forma sacramental de las especies manifiesta su sacrificio.

Presentar a Cristo como ausente durante la celebración

La Misa no representa a un Cristo meramente pasado. Cristo resucitado está realmente presente y actúa en la liturgia. La doctrina sacrificial exige esta presencia, porque el Sacerdote y la Víctima no pueden quedar reducidos a un recuerdo histórico.

La profesión de fe de Trento confiesa la presencia verdadera, real y sustancial del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, junto con su alma y divinidad, y enseña la conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su Sangre; la Iglesia denomina transubstanciación a esta conversión.5

La presencia eucarística posee también una eficacia dinámica: Cristo no sólo está presente sustancialmente, sino que comunica el poder salvador de su Pasión. Una interpretación teológica centrada en esta acción eficaz explica que Cristo hace presente en la Eucaristía tanto su realidad gloriosa como la eficacia de su sacrificio.2

Entender la Misa como obra exclusiva del sacerdote

El error contrario también aparece en algunos contextos: considerar que sólo el sacerdote participa activamente en la Misa y que los fieles desempeñan un papel meramente pasivo. Esta visión contradice la doctrina del sacerdocio común.

Los fieles ofrecen el sacrificio con el sacerdote, pero su modo propio de ofrecer consiste en unir su interioridad y su vida a la oblación de Cristo. Pío XII enumera la alabanza, la súplica, la expiación y la acción de gracias como formas de esta unión interior.7

El cristiano participa en la Misa cuando presenta a Dios:

  • sus pecados con arrepentimiento;
  • sus sufrimientos unidos a la cruz;
  • sus responsabilidades familiares y profesionales;
  • sus esfuerzos por vivir santamente;
  • sus obras de misericordia;
  • sus necesidades y las de otras personas;
  • su acción de gracias por los dones recibidos.

La Misa no es ni una acción privada del sacerdote aislado de la Iglesia ni una producción colectiva de la asamblea. Cristo ofrece el sacrificio por el ministerio del sacerdote, y todo el Cuerpo místico participa en la oblación según su propia condición.

Confundir la participación con la capacidad de consagrar

La participación litúrgica no otorga a todos los bautizados las funciones propias del Orden sagrado. Un fiel puede proclamar las lecturas, presentar las ofrendas, dirigir un canto, ayudar en la distribución de la comunión cuando la Iglesia lo permite o ejercer otros servicios litúrgicos. Ninguno de esos ministerios equivale a actuar sacramentalmente en la persona de Cristo Cabeza.

La diferencia no expresa superioridad social. El ministerio ordenado existe para servir. Sin embargo, la lógica del servicio no elimina la diferencia sacramental. El sacerdocio ministerial y el sacerdocio común están ordenados el uno al otro, pero difieren esencialmente.8

Convertir al celebrante en dueño de la liturgia

El sacerdote tampoco puede tratar la Misa como una obra personal. La liturgia no pertenece al gusto del celebrante ni a la creatividad espontánea de una comunidad concreta. El ministro actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia; por eso debe respetar la naturaleza sacramental y las normas litúrgicas legítimas.

La personalización excesiva de la celebración puede sustituir el sacrificio de Cristo por la personalidad del presidente, transformar la homilía en una exposición de opiniones privadas o convertir los signos sagrados en recursos teatrales. La comunidad acaba contemplando al organizador del acto en lugar de entrar en el misterio de Cristo.

La auténtica presidencia sacerdotal no busca protagonismo. El sacerdote preside porque Cristo le confía un ministerio sacramental, y su servicio consiste en hacer visible la iniciativa de Dios, no en apropiarse de ella.

Sustituir la adoración por la expresión comunitaria

La Misa exige una actitud de adoración. La asamblea cristiana celebra, escucha, responde, canta y participa, pero todas esas acciones encuentran su centro en Dios y en el sacrificio de Cristo.

Cuando la expresión comunitaria ocupa el lugar de la adoración, la liturgia queda orientada hacia la propia asamblea. La música, los gestos, los comentarios y las intervenciones pueden multiplicarse sin conducir al reconocimiento de la presencia de Cristo. La actividad exterior pierde entonces su finalidad sacramental y espiritual.

El Catecismo del Concilio de Trento enseñó que los ritos y ceremonias del sacrificio manifiestan su majestad y ayudan a los fieles a contemplar las realidades divinas ocultas en el sacrificio eucarístico.4

La relación entre sacrificio, sacramento y participación

La acción de Cristo

Cristo actúa como Sacerdote principal. La consagración no depende de la intensidad emocional de la asamblea, del número de participantes ni de la capacidad expresiva del celebrante. El ministro ordenado presta su servicio sacramental a Cristo, que ofrece al Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies eucarísticas.

Una interpretación teológica de raíz tomista explica la naturaleza sacrificial de la Misa mediante la consagración diferenciada de las especies, que constituye un signo eficaz de la Pasión de Cristo y permite la aplicación de sus frutos.2

La acción de la Iglesia

La Iglesia no permanece al margen del sacrificio. Como Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. La Iglesia ofrece por Cristo, con Cristo y en Cristo.

La participación eclesial posee una dimensión litúrgica y otra existencial. La dimensión litúrgica incluye las respuestas, las oraciones, el canto y los gestos prescritos. La dimensión existencial exige entregar la propia vida a Dios mediante la santidad, la renuncia, la caridad y el testimonio cristiano. La Comisión Teológica Internacional incluye precisamente la recepción de los sacramentos, la oración, la acción de gracias, la vida santa, la abnegación y la caridad entre las formas del ejercicio del sacerdocio común.6

La transformación de la vida

La participación en el sacrificio alcanza su plenitud cuando la existencia entera adopta la forma de una ofrenda. El cristiano no asiste a la Misa como espectador de una ceremonia ajena. Presenta ante Dios su vida y permite que la gracia de Cristo transforme sus obras.

La participación auténtica exige:

  • arrepentirse de los pecados;
  • escuchar la Palabra con disposición obediente;
  • ofrecer a Dios las dificultades cotidianas;
  • unirse interiormente a la oración sacerdotal;
  • recibir la comunión con fe y dignidad;
  • vivir después de la Misa con caridad y justicia.

La Misa no termina su eficacia espiritual al concluir los ritos. La Eucaristía impulsa al cristiano a prolongar en la vida la entrega recibida en el altar.

Dos reduccionismos opuestos

Sacrificio sin participación

Un primer reduccionismo contempla la Misa como una acción reservada al sacerdote y considera irrelevante la participación interior de los fieles. Esta postura desconoce el sacerdocio común y la naturaleza eclesial de la Eucaristía.

La Iglesia entera ofrece la Víctima por Cristo, aunque el sacerdote realiza el rito sacramental en virtud de su ministerio. La participación de los fieles no consiste en sustituir al sacerdote, sino en unir su corazón al sacrificio que Cristo ofrece mediante él.7

Participación sin sacrificio

El reduccionismo opuesto identifica la Misa con la interacción de la asamblea. En este caso, la participación visible desplaza la acción sacramental de Cristo y la ofrenda propiciatoria.

La Misa necesita la participación de los fieles, pero no recibe de ellos su naturaleza sacrificial. Cristo instituyó la Eucaristía, Cristo es la Víctima y Cristo actúa como Sacerdote principal. La Iglesia participa de una realidad que ha recibido; no la crea mediante deliberación comunitaria.

Precisión terminológica sobre algunas expresiones

«Conmemoración»

La conmemoración eucarística no equivale a una evocación psicológica. La Misa hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo y aplica sus frutos. La palabra adquiere su sentido católico dentro de la acción litúrgica eficaz, no como simple recuerdo del pasado.4,2

«Sacrificio incruento»

La expresión no significa un sacrificio débil, metafórico o incompleto. Describe el modo sacramental de la oblación eucarística. La víctima divina es la misma que en la cruz; cambia el modo de ofrecer, no la dignidad de la Víctima ni la eficacia del sacrificio.1,3

«Oferta de los fieles»

Los fieles ofrecen realmente, pero no del mismo modo que el sacerdote. El sacerdote realiza el rito sacramental y ofrece en nombre de la Iglesia; los fieles participan mediante la unión interior, la oración, la acción de gracias, la expiación y la entrega de su vida.7

«Sacrificio de la Iglesia»

La expresión resulta legítima cuando afirma que la Iglesia ofrece por Cristo, con Cristo y en Cristo. Resultaría errónea si presentara a la Iglesia como una autora independiente de otro sacrificio distinto del Calvario.

La teología católica puede explicar esta participación desde dos perspectivas complementarias: la acción de Cristo, que actúa mediante el sacerdote en la consagración, y la respuesta de la Iglesia, que ofrece, suplica y recibe los frutos de la oblación. Una síntesis teológica entre ambas perspectivas permite mantener simultáneamente la unidad del sacrificio de Cristo y la verdadera participación sacrificial de la Iglesia.10,11,2

Criterios para discernir una explicación errónea de la Misa

Una explicación de la Misa se aparta de la fe católica cuando:

  • presenta la celebración como una simple reunión;
  • reduce el altar a una mesa de convivencia;
  • define la Eucaristía como recuerdo simbólico sin presencia sacramental;
  • olvida que Cristo es la Víctima y el Sacerdote principal;
  • interpreta la consagración como resultado de la acción de la comunidad;
  • atribuye al sacerdocio común las funciones propias del sacerdocio ministerial;
  • considera al sacerdote un delegado democrático de la asamblea;
  • niega o silencia el carácter propiciatorio del sacrificio;
  • transforma la participación activa en protagonismo;
  • trata la liturgia como propiedad del celebrante o de un grupo local;
  • separa la comunión del sacrificio que fundamenta el banquete eucarístico.

Por el contrario, una explicación católica completa mantiene unidos estos elementos:

  • sacrificio verdadero y propio;
  • presencia real y sustancial de Cristo;
  • unidad con el sacrificio único de la cruz;
  • oblación incruenta de la Víctima divina;
  • acción de Cristo mediante el sacerdote ordenado;
  • participación del pueblo cristiano en virtud del Bautismo;
  • carácter propiciatorio por los vivos y los difuntos;
  • transformación de la vida mediante la caridad y la santidad.

Conclusión

Los errores modernos sobre la Misa como sacrificio nacen principalmente de una reducción: unos sustituyen el sacrificio por la reunión; otros, la presencia real por el símbolo; otros, la participación por el protagonismo; otros, el sacerdocio ministerial por una representación democrática de la comunidad. La doctrina católica rechaza todas esas reducciones.

La Misa hace presente sacramentalmente el único sacrificio de Jesucristo. El sacerdote ordenado ofrece la Víctima en la persona de Cristo Cabeza y en nombre de toda la Iglesia. Los fieles participan verdaderamente mediante su sacerdocio bautismal, uniendo a la oblación de Cristo la oración, la acción de gracias, la expiación, la conversión y la entrega de la propia vida. La Eucaristía es, al mismo tiempo, sacrificio de Cristo, sacrificio de la Iglesia, sacramento de su presencia y fuente de la santificación cristiana.

Citas y referencias

  1. Papá Pío XII. Mediator Dei, 68 (1947). 2 3
  2. Scheeben y Journet en diálogo, David L. Augustine. Dos paradigmas sobre la eucaristía como sacrificio: Scheeben y Journet en diálogo, 32 (2018). 2 3 4 5
  3. Papá Pío XII. Mediator Dei, 115 (1947). 2 3
  4. Los sacramentos - La santa eucaristía - Importancia de la instrucción sobre la eucaristía, Papá Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, Los sacramentos - La Santa Eucaristía (1566). 2 3 4
  5. La profesión de fe del Concilio de Trento - De la bula de Pío IV, «iniunctum nobis», 13 de nov., 1565, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger. Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 1866 (1854). 2
  6. VII. El sacerdocio común de los fieles en su relación con el sacerdocio ministerial - VII.2. Relación entre los dos sacerdocios, Comisión Teológica Internacional. Temas selectos de eclesiología con motivo del vigésimo aniversario del cierre del Concilio Vaticano II, VII.2 (1984). 2 3 4
  7. Papá Pío XII. Mediator Dei, 93 (1947). 2 3 4
  8. Capítulo tres Los sacramentos al servicio de la comunión, Catecismo de la Iglesia Católica, 1547 (1992). 2 3
  9. VII. El sacerdocio común de los fieles en su relación con el sacerdocio ministerial - VII.3. Fundación sacramental de los dos sacerdocios, Comisión Teológica Internacional. Temas selectos de eclesiología con motivo del vigésimo aniversario del cierre del Concilio Vaticano II, VII.3 (1984). 2 3
  10. Dos paradigmas sobre la eucaristía como sacrificio: Scheeben y Journet en diálogo, David L. Augustine. Dos paradigmas sobre la eucaristía como sacrificio: Scheeben y Journet en diálogo, 1 (2018).
  11. Journet sobre el sacrificio eucarístico, David L. Augustine. Dos paradigmas sobre la eucaristía como sacrificio: Scheeben y Journet en diálogo, 22 (2018).
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