La Misa es un sacrificio verdadero y propio
La Eucaristía posee una dimensión sacrificial esencial. La Misa no consiste únicamente en recordar de manera afectiva los sufrimientos y la muerte de Cristo. En ella, Jesucristo, único Sumo Sacerdote, ofrece al Padre la misma Víctima que ofreció en la cruz, aunque mediante un modo de oblación incruento y sacramental.
Pío XII expresó esta doctrina con precisión en Mediator Dei:
«El augusto sacrificio del altar no constituye una simple conmemoración vacía de la pasión y muerte de Jesucristo, sino un acto verdadero y propio de sacrificio, por el cual el Sumo Sacerdote, mediante una inmolación incruenta, se ofrece a sí mismo como Víctima sumamente agradable al Padre eterno, como hizo en la cruz».1
La Misa no añade un nuevo sacrificio al sacrificio del Calvario. La cruz posee una eficacia única, plena y definitiva. La celebración eucarística hace sacramentalmente presente esa única oblación y aplica sus frutos a la Iglesia. Una formulación teológica contemporánea resume esta relación afirmando que la Misa no constituye un sacrificio nuevo, sino la representación sacramental y actualización eficaz del único sacrificio de Cristo.2
Por tanto, la expresión «sacrificio de la Misa» no designa una acción autónoma de la Iglesia al margen de Cristo. Cristo continúa siendo el Sacerdote principal y la Víctima ofrecida. El sacerdote ordenado actúa ministerialmente en nombre de Cristo, mientras que la Iglesia participa en esa oblación.
La misma Víctima y el mismo Sacerdote
La identidad entre el sacrificio de la cruz y el sacrificio eucarístico no significa identidad absoluta en el modo de ofrecer. En el Calvario, Cristo se entregó de forma cruenta; en la Misa, su entrega permanece sacramentalmente presente bajo las especies de pan y vino, sin derramamiento de sangre.
Mediator Dei enseña:
«Es una sola y misma Víctima; el mismo que ahora ofrece por el ministerio de los sacerdotes ofreció entonces a sí mismo en la cruz; únicamente cambia el modo de ofrecer».1
La consagración sacramental manifiesta esta oblación mediante la consagración diferenciada del pan y del vino. La separación sacramental de las especies significa de modo místico la inmolación de la Víctima divina y hace presente el poder salvador de la Pasión.3
La Misa, por consiguiente, no repite históricamente la muerte de Cristo. Cristo no vuelve a morir. La celebración actualiza sacramentalmente el sacrificio de la cruz y comunica sus frutos mediante la acción litúrgica de la Iglesia.
La Misa es también sacrificio propiciatorio
La doctrina católica no reduce la Eucaristía a sacrificio de alabanza y acción de gracias, aunque la Misa incluye necesariamente esas dimensiones. También constituye un sacrificio propiciatorio: presenta sacramentalmente ante el Padre la oblación de Cristo y obtiene misericordia y gracia para los vivos y para los difuntos.
El Catecismo del Concilio de Trento rechazó expresamente una reducción de la Misa a alabanza, acción de gracias o simple memoria:
«El santo y sagrado Sacrificio de la Misa no es solamente un sacrificio de alabanza y acción de gracias, ni una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, sino también un verdadero sacrificio propiciatorio».4
La profesión de fe asociada al Concilio de Trento afirma igualmente que en la Misa «se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio de propiciación por los vivos y por los difuntos».5
La propiciación no implica que Dios necesite una reparación externa para comenzar a amar a la humanidad. La iniciativa de la salvación procede siempre de Dios. La Iglesia llama propiciatorio al sacrificio eucarístico porque Cristo ofrece al Padre su obediencia y su amor, y esa oblación obtiene para los pecadores la gracia de la conversión, del perdón y de la santificación.


