Uno de los errores modernos sobre la Navidad más extendidos es su transformación en una fiesta dominada por el consumismo hedonista, donde el intercambio de regalos, las comidas opulentas y las compras impulsivas eclipsan al Niño Dios. Esta tendencia reduce la Navidad a una oportunidad comercial, ignorando su núcleo teológico: la llegada del Verbo hecho carne para redimir al hombre.1,2
El Papa Francisco ha denunciado esta deriva en su audiencia del 19 de diciembre de 2018, alertando contra una celebración donde «estamos en el centro y no Él». Subraya que si la Navidad se limita a «las cosas habituales de la tierra» en lugar de la «novedad del Cielo», se convierte en una «oportunidad perdida». En lugar de llenarnos de regalos y banquetes sin ayudar al menos a un pobre —que refleja a Dios encarnado en la pobreza de Belén—, corremos el riesgo de hacerla mundana.1
De manera similar, Benedicto XVI, en su audiencia del 17 de diciembre de 2008, lamentó cómo el consumismo hace que la Navidad pierda su sentido espiritual, convirtiéndola en un mero «intercambio de regalos». Propone que las crisis económicas puedan ser una ocasión para redescubrir la simplicidad, la amistad y la solidaridad, valores auténticos de la fiesta.2
El Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia (2001) refuerza esta crítica, instando a la piedad popular a cooperar en preservar la memoria de la manifestación del Señor contra la secularización por consumismo. Destaca la «espiritualidad del don» —«un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5)— y la solidaridad con los pobres, ya que Cristo «siendo rico se hizo pobre» (2 Cor 8,9).3
Esta distorsión no solo banaliza la fiesta, sino que contradice la llamada evangélica a la pobreza evangélica y la caridad, presentes en la gruta de Belén.
