Criaturas espirituales y personales
La Iglesia profesa la existencia de seres espirituales e incorpóreos llamados «ángeles» como una verdad de fe, apoyada por la Sagrada Escritura y por la Tradición. Los ángeles pertenecen al orden de la creación invisible y no son emanaciones de Dios, fragmentos de la divinidad ni simples metáforas religiosas.1,2
Dios creó tanto el mundo espiritual como el corporal. La naturaleza angélica carece de cuerpo material y no está sometida a la corrupción propia de las realidades físicas. Sin embargo, los ángeles poseen inteligencia y voluntad libre; por ello, constituyen seres personales, aunque su conocimiento y su poder sean finitos y propios de toda criatura.3
La palabra «ángel» designa principalmente una función: significa mensajero. La denominación no describe una energía cósmica, sino el ministerio de criaturas espirituales enviadas por Dios para cumplir una misión. Los ángeles sirven al designio divino y ejercen una mediación subordinada entre Dios y los hombres.4,5
Criaturas dependientes de Dios
Los ángeles no poseen existencia autónoma. Dios los creó de la nada, como creó el mundo visible, y su ser depende completamente de Él. La doctrina cristiana rechaza, por tanto, cualquier concepción que presente el universo como resultado de dos principios eternos enfrentados: un principio bueno y otro malo, o una esfera divina y otra angélica independiente.
Los ángeles buenos obedecen a Dios y participan en su gobierno providente. Los ángeles rebeldes, llamados demonios, continúan siendo criaturas, aunque hayan rechazado libremente la voluntad divina. Ningún ángel puede rivalizar con Dios como un poder equivalente. La lucha espiritual cristiana no enfrenta a dos divinidades ni coloca al hombre ante fuerzas cósmicas invencibles. Exige conversión, responsabilidad moral, humildad y oración.6,7
