El agnosticismo surgió en el siglo XIX como una doctrina filosófica que limita el conocimiento humano a lo empírico y sensible, negando la posibilidad de un conocimiento racional de realidades metafísicas como la existencia de Dios. En el ámbito católico, su relevancia se acentúa con el modernismo, un movimiento teológico y filosófico condenado por la Iglesia a principios del siglo XX. Los modernistas, según la análisis magisterial, adoptaron el agnosticismo como fundamento filosófico de su sistema religioso, considerando que la razón no puede trascender los fenómenos observables.1
Esta postura no era un mero escepticismo aislado, sino el punto de partida para una reinterpretación total de la fe. San Pío X lo describió como una enseñanza que confina la razón «enteramente dentro del campo de los fenómenos», impidiendo reconocer a Dios incluso a través de las cosas visibles.1 De este modo, el agnosticismo modernista derivaba en la eliminación de la teología natural, los motivos de credibilidad y la revelación externa, relegándolos a un «intelectualismo» ridiculizado.2
