La Iglesia Católica enseña que el pecado original no es un acto personal de culpa, sino una deprivación de la santidad y justicia originales heredada de los progenitores humanos. Adán y Eva transmitieron a sus descendientes una naturaleza humana herida, inclinada al mal (concupiscencia), sometida a la ignorancia, el sufrimiento y la muerte, aunque no totalmente corrompida.1,5,3
«Adán y Eva transmitieron a sus descendientes la naturaleza humana herida por su propio pecado inicial y, por tanto, privada de la santidad y justicia originales; esta privación se llama 'pecado original'.»3
Esta transmisión ocurre por propagación, no por imitación, como afirma el Concilio de Trento y el Catecismo: es un estado contraído al nacer, propio a cada individuo, pero originado en el pecado histórico de los primeros padres.2,4 El bautismo lo borra, restaurando la gracia, aunque persisten las consecuencias en la naturaleza humana.1
San Tomás de Aquino explica que este pecado afecta a la naturaleza común humana, comparable a cómo un pecado personal afecta a los miembros del cuerpo por la voluntad del principio rector (la razón). Así, es voluntario respecto a la naturaleza por la voluntad del primer padre.6
