El surgimiento de estos errores se enmarca en el modernismo, un movimiento intelectual de finales del siglo XIX y principios del XX que buscaba adaptar la fe católica a las corrientes filosóficas y científicas modernas, como el agnosticismo, el inmanentismo y el historicismo. Influenciado por el racionalismo ilustrado y el positivismo, el modernismo postulaba que la religión es un fenómeno puramente subjetivo e histórico, sin raíces en una Revelación objetiva y trascendente.
Estos errores ganaron fuerza con el avance de la crítica histórica bíblica, que algunos utilizaron para cuestionar la historicidad de los Evangelios y los dogmas. La Iglesia respondió con una serie de intervenciones magisteriales que defendieron la unidad indisoluble entre fe y razón, y entre fe y hechos históricos. Pío X, en particular, identificó en el modernismo una «síntesis de todas las herejías», donde la historia se convertía en juez supremo de la fe.4
Influencia del historicismo y agnosticismo
El historicismo, condenado por Pío XII como un sistema que reduce toda realidad espiritual a mero cambio y evolución, rechaza lo permanente y absoluto.5 Según esta visión, dogmas como la divinidad de Cristo o la institución de los sacramentos serían construcciones evolutivas, no verdades eternas inscritas en la historia. De igual modo, el agnosticismo limita la historia y la ciencia a fenómenos observables, relegando lo divino a la fe subjetiva, lo que lleva a separar lo humano (histórico) de lo divino (de fe).4
Esta dicotomía genera absurdos teológicos, como la división entre la Iglesia histórica y la Iglesia de fe, o entre los sacramentos históricos y los de fe, destruyendo la integridad del depósito de la Revelación.
