Identificar libertad científica con independencia absoluta
El primer error consiste en afirmar que la investigación científica debe quedar libre de toda autoridad, incluida la autoridad moral de la Iglesia. Esta posición confunde la libertad de método con la ausencia de toda norma.
La investigación necesita libertad frente a presiones ideológicas, económicas y políticas, pero esa libertad no autoriza a vulnerar la dignidad humana. Ningún investigador puede considerar moralmente indiferente la experimentación con personas, la destrucción deliberada de vidas humanas, la manipulación de poblaciones vulnerables o la utilización de descubrimientos para fines destructivos.
La libertad científica pertenece a una persona responsable. No constituye una propiedad aislada del científico, desligada de los derechos de quienes participan en una investigación y de las consecuencias sociales de sus resultados.
Entender la autoridad eclesial como censura de toda investigación
Otro error presenta a la Iglesia como enemiga de la ciencia y de la investigación. La enseñanza católica contemporánea rechaza esa caricatura. Juan Pablo II recordó que, frente al positivismo que acusaba a la Iglesia de oponerse a la ciencia, León XIII acogió los avances destinados a conocer mejor la naturaleza y mejorar la condición humana, además de impulsar la renovación de las ciencias eclesiásticas.
La Iglesia no pretende impedir el progreso científico auténtico. Benedicto XVI afirmó que el diálogo entre ciencia y ética debe orientar los avances médicos hacia una verdadera fecundidad humana, no bloquearlos. La contribución eclesial busca formar las conciencias mediante la razón y la verdad revelada, especialmente para proteger a los más débiles y garantizar que los beneficios de la investigación lleguen a todos.
La oposición católica a determinadas prácticas no equivale a oposición a la ciencia. La Iglesia juzga la moralidad de los medios y de los fines: distingue entre una investigación respetuosa con la persona y una práctica que convierte al ser humano en objeto disponible.
Convertir el método científico en criterio supremo de verdad
El cientificismo afirma que solo poseen valor cognoscitivo las proposiciones verificables mediante las ciencias experimentales. Esta postura no constituye un resultado de la ciencia, sino una afirmación filosófica que excede el método científico.
La ciencia estudia aspectos cuantificables, observables y reproducibles de la realidad. No puede resolver por sí sola las cuestiones relativas al sentido de la existencia, el valor de la persona, el bien y el mal, la finalidad última, la libertad o la obligación moral. La ciencia tampoco puede sustituir a la filosofía ni a la Revelación en la respuesta a las preguntas radicales del ser humano.
Cuando el método científico pretende convertirse en norma suprema para alcanzar cualquier verdad, la ciencia abandona sus límites propios. La confianza desproporcionada en los descubrimientos del presente puede llevar al ser humano a considerarse autosuficiente y a dejar de buscar valores superiores.
Reducir la fe a una explicación científica arcaica
También resulta erróneo pensar que la fe cristiana depende de una cosmología concreta. La Revelación afirma verdades sobre Dios, la creación, la persona humana, el pecado, la salvación y el destino eterno, pero no ofrece un manual técnico de astronomía, biología o física.
La Iglesia puede revisar interpretaciones no esenciales que una época haya asociado indebidamente con la fe. Juan Pablo II reconoció la necesidad de distinguir el núcleo de la Revelación de los sistemas científicos de cada periodo histórico, especialmente cuando una lectura habitual de la Biblia aparecía vinculada a una cosmología determinada.
Este principio evita dos excesos opuestos: utilizar la Biblia como tratado científico y utilizar la provisionalidad de las teorías científicas para negar toda verdad religiosa.
Defender una separación absoluta entre ciencia y fe
La separación absoluta sostiene que ciencia y fe ocupan territorios completamente incomunicados. Esta postura suele formularse mediante la idea de dos ámbitos de conocimiento sin intersección: la ciencia trataría solo de los hechos y la fe solo de los valores o de la experiencia religiosa.
La visión católica admite una diferencia real entre ambos órdenes, pero no una incomunicación total. Ciencia y fe poseen métodos distintos y objetos formales distintos; sin embargo, ambas se refieren a una única realidad creada por Dios. Juan Pablo II describió la ciencia y la fe como órdenes de conocimiento autónomos en su proceso, pero convergentes en el descubrimiento de la realidad integral que tiene su origen en Dios.
La Iglesia rechaza, por tanto, el modelo de los magisterios no superpuestos-conocido también por su sigla inglesa NOMA- cuando pretende impedir cualquier diálogo entre conocimiento científico, filosofía y teología. La ciencia puede plantear preguntas filosóficas sobre sus presupuestos y consecuencias; la fe puede iluminar la comprensión de la persona y de la creación sin imponer teorías científicas. La separación metodológica no exige una separación existencial.