El Estado como realidad moralmente autosuficiente
Este error considera que el Estado no necesita reconocer ninguna verdad moral superior. La ley queda reducida a la voluntad del poder o de la mayoría. La doctrina católica lo rechaza porque toda autoridad humana debe responder ante Dios y respetar la ley natural.
La religión como asunto exclusivamente privado
Esta concepción admite que cada persona practique su religión en la intimidad, pero niega a la fe toda expresión pública, institucional o social. Pío IX rechazó la idea de que la sociedad deba organizarse como si la religión no existiera.
La fe posee necesariamente una dimensión pública: influye en la educación, la familia, la cultura, la asistencia a los necesitados y la vida moral de los ciudadanos. El Estado no puede obligar a la Iglesia a reducir su misión al ámbito de la conciencia individual.
La absorción de la Iglesia por el Estado
Este modelo convierte a la Iglesia en un órgano dependiente del poder político. El Estado regula su culto, sus ministros, sus bienes y su enseñanza, y permite solo la actividad religiosa compatible con sus intereses.
La Iglesia considera esta pretensión una inversión del orden correcto. El Estado puede regular aspectos civiles relacionados con las instituciones religiosas, pero no puede gobernar la misión sobrenatural de la Iglesia ni someter su autoridad espiritual.
La indiferencia religiosa del poder público
La indiferencia religiosa sostiene que al Estado le resulta completamente indiferente la verdad sobre Dios y que debe tratar toda religión como equivalente. La doctrina católica rechaza esta indiferencia como principio absoluto, porque la verdad religiosa afecta al bien de la persona y de la sociedad.
No obstante, la aplicación política de estos principios exige prudencia. La convivencia civil puede requerir normas que protejan la paz pública y eviten la coacción injusta, sin convertir esa prudencia en una negación de la verdad religiosa.
La obediencia del católico solo al Estado
El modernismo descrito por Pío X separaba al católico del ciudadano hasta el punto de afirmar que el creyente podía ignorar las orientaciones de la Iglesia cuando actuaba en la vida pública. Pío X rechazó esta división, porque el bautizado no abandona sus deberes morales al ejercer una profesión, votar o participar en la administración pública.
El católico debe obedecer legítimamente a la autoridad civil en aquello que corresponde a su competencia, pero no puede cooperar con una injusticia por el simple hecho de que una autoridad política la ordene. La ciudadanía no suspende la conciencia moral ni la responsabilidad ante Dios.