El error radica en la tesis de que la enseñanza católica actual se ha distanciado irremediablemente de los orígenes cristianos, presentando la doctrina como un producto evolutivo sujeto a rupturas históricas. Esta visión, típicamente historicista, reduce la fe a un fenómeno cultural mutable, negando su carácter perenne y divino. Los proponentes argumentan que conceptos como la eclesiología, la moral o los sacramentos han sido alterados por influencias seculares, oponiendo un supuesto «Cristianismo primitivo» puro a una Iglesia «posteriormente corrompida».
Esta falacia ignora la distinción esencial entre desarrollo homogéneo de la doctrina —como lo describió san Juan Enrique Newman— y mutaciones heterogéneas. La Iglesia enseña que la Revelación, una vez consumada en Cristo, se conserva en su totalidad mediante la Tradición viva, que no añade ni suprime, sino que ilumina y aplica lo recibido.3,4 Tales errores fomentan el relativismo, al sugerir que la verdad revelada es adaptable a épocas, lo que socava la autoridad apostólica.
