La noción de libertad de enseñanza surge en el contexto de tensiones entre la fe católica y el racionalismo moderno, particularmente durante el siglo XIX, cuando corrientes filosóficas pretendían emancipar el saber humano de toda autoridad externa, incluida la revelación divina. El Magisterio de la Iglesia, consciente de que la verdad es única y que el error pervierte las mentes, intervino repetidamente para rechazar interpretaciones libertarias que equiparaban libertad con licencia para difundir doctrinas contrarias a la fe.5
En un ambiente de «gran restlessness e iniquity» —como describió Pío IX—, se observaba cómo incluso católicos introducían una «cierta libertad de enseñanza y escritura hitherto unheard of en la Iglesia», profesando opiniones «new and altogether reprehensible».1 Esta problemática no era meramente teórica: afectaba la formación de sacerdotes, laicos y la sociedad, amenazando la integridad de la fe.
