Cierre de la Revelación pública
La Iglesia Católica afirma que Dios ha revelado plenamente su voluntad salvífica en Jesucristo y a través de los apóstoles, sin que quepa esperar nuevas revelaciones públicas que modifiquen o amplíen este depósito.1 Esta verdad se fundamenta en la convicción de que Cristo, como Verbo encarnado, es la culminación de la revelación: «en estos días finales nos ha hablado por medio del Hijo».2 Los apóstoles, formados directamente por Jesús y asistidos por el Espíritu Santo, transmitieron íntegramente este mensaje mediante su predicación oral, sus escritos inspirados y las instituciones eclesiales.3
Cualquier noción de revelación incompleta contradice esta certeza. La revelación pública abarca todo lo necesario para la salvación, contenido en la Sagrada Escritura y la Tradición apostólica, custodiadas por el Magisterio.4 Privadas revelaciones, como apariciones marianas aprobadas, no pertenecen a este depósito y solo sirven para confirmar la fe existente, sin obligar a la conciencia de los fieles.4
Fuentes magisteriales premodernas
Desde los primeros concilios, la Iglesia ha defendido la integridad apostólica de la revelación. El Concilio de Trento (1545-1563) declaró que el canon de la Escritura y las tradiciones recibidas de los apóstoles forman un todo indiviso, transmitido «de mano en mano» hasta nosotros.5 Siglos después, la Constitución dogmática Dei Filius (1870) reiteró que la revelación sobrenatural, ordenada a un fin sobrehumano, se cerró con los apóstoles, excluyendo adiciones posteriores.5
El Catecismo de la Iglesia Católica sintetiza esta doctrina: «Cristo el Señor, en quien se resume toda la Revelación del Dios altísimo, mandó a los apóstoles predicar el Evangelio prometido de antemano por los profetas y que él mismo cumplió en su persona y promulgó con sus labios».3 Así, la fe católica se nutre de un depósito fijo, cuya comprensión progresa pero no se altera.6
