La doctrina católica afirma que en la Misa, por el poder del Espíritu Santo y las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote, se produce una conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Este cambio, denominado transubstanciación, implica que cesan de existir las sustancias del pan y del vino, siendo reemplazadas por la sustancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, mientras las apariencias o accidentes (color, sabor, forma) permanecen por acción divina.4,5,3
San Tomás de Aquino explica que esta conversión no es formal ni natural, sino sobrenatural, operada por el poder infinito de Dios, que trasciende las leyes de la creación. A diferencia de los cambios naturales, donde hay un sujeto común (materia), aquí toda la sustancia del pan se convierte en la totalidad del cuerpo de Cristo, sin intermediarios.4,6 El Concilio de Trento y papas como Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II han reafirmado esta verdad, rechazando cualquier explicación que no preserve la realidad objetiva de la presencia.3,7,8
«La consagración del pan y del vino obra el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre»3
Esta definición distingue la transubstanciación de meras metáforas o transformaciones simbólicas, subrayando su carácter milagroso y real.
