Los errores relativos a contradicciones en los dogmas han acompañado a la Iglesia desde sus inicios, pero se intensificaron en la modernidad con el auge de filosofías racionalistas y evolucionistas. En el siglo XIX, pensadores influenciados por el positivismo y el historicismo comenzaron a cuestionar la coherencia interna de la doctrina católica, alegando que los dogmas evolucionaban de manera contradictoria o que contenían errores científicos e históricos inherentes.4
Influencia del racionalismo y el fideísmo
El racionalismo, que eleva la razón humana por encima de la revelación, y el fideísmo, que desconfía de las capacidades racionales, representan extremos condenados por la Iglesia. Ambos generan aparentes contradicciones: el primero al pretender que la fe es irracional, y el segundo al rechazar el uso de la razón para iluminar los misterios. El Concilio Vaticano I aclaró que tales disensiones son ilusorias, originadas en una mala interpretación de los dogmas o en opiniones engañosas disfrazadas de razonamientos científicos.5,6
En el contexto del modernismo, condenado por Pío X en 1907, los modernistas postulaban que los dogmas eran expresiones «vitales» sujetas a evolución indefinida, lo que implicaba contradicciones flagrantes. Afirmaban, por ejemplo, que Cristo erró en profecías temporales o que los dogmas admitían lógicas internas contradictorias, justificándolo como «verdad simbólica» adaptada a la vida.3,7
