La palabra escatón procede del griego y significa «lo último». En la teología cristiana, el término suele referirse a la culminación final de la historia y, de forma más amplia, a la plenitud futura prometida por Dios. La escatología es la reflexión teológica sobre esa realidad y sobre las llamadas «realidades últimas»: el destino después de la muerte, el juicio, la resurrección, el cielo, el infierno y el purgatorio.1,2
El escatón no se reduce, por tanto, a una fecha o a una catástrofe final. La enseñanza cristiana relaciona la consumación del mundo con Jesucristo: él es el centro de la esperanza escatológica, porque murió y resucitó para la salvación y porque la meta última consiste en la comunión plena con Dios. La fórmula paulina «Dios todo en todos» expresa esa orientación final.2

