La fe, según la enseñanza católica, es una virtud sobrenatural1. Esto significa que no es una capacidad meramente humana o el resultado de un razonamiento natural, sino un don de Dios que eleva la inteligencia y la voluntad para aceptar las verdades divinas. Con la inspiración y ayuda de la gracia divina, los creyentes aceptan como verdadero lo que Dios ha revelado1. La razón principal para creer no es la percepción de la verdad intrínseca de los misterios por la luz natural de la razón, sino la autoridad de Dios que revela, quien es infalible1. La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la prueba de las que no se ven (Heb 11,1)1.
Para que la sumisión de la fe sea conforme a la razón, Dios ha querido que a la asistencia interna del Espíritu Santo se unan signos externos de su revelación1. Estos signos incluyen actos divinos, especialmente milagros y profecías, que demuestran la omnipotencia y el conocimiento infinito de Dios, sirviendo como pruebas certeras y comprensibles de la revelación divina1. Tanto Moisés y los profetas, como Jesucristo mismo y los Apóstoles, realizaron numerosos milagros y profecías para corroborar la verdad de su mensaje1.
