En filosofía, la esencia responde a la pregunta «¿qué es una cosa?»: expresa los rasgos constitutivos por los que un ser pertenece a una clase o especie determinada. Aplicada al hombre, la expresión esencia humana designa lo común a todos los seres humanos y aquello que hace posible reconocerlos como tales, pese a las diferencias individuales. La naturaleza humana también puede considerarse en cada persona concreta, pero, en su sentido común o específico, es compartida por toda la humanidad.3,4
La tradición escolástica define al hombre como animal racional. La fórmula no presenta al ser humano como dos componentes yuxtapuestos -un animal y una razón añadida-, sino como un solo ser vivo cuya naturaleza integra la corporalidad, la sensibilidad y la racionalidad. «Animal» alude a su condición corpórea y viviente; «racional», a su capacidad de conocer intelectualmente y de obrar libremente. La definición es metafísica, no una descripción exhaustiva de cada individuo ni una clasificación meramente biológica.1
Por eso, la esencia humana no equivale a una lista de características físicas, a un perfil psicológico o a una función social. Es el principio constitutivo de un sujeto que vive, siente, conoce y ama. Las facultades humanas pueden desarrollarse mediante la educación, la cultura y el ejercicio de las virtudes; ese desarrollo perfecciona capacidades propias de la naturaleza, pero no sustituye la naturaleza que las hace posibles.3
