La esencia divina es el núcleo íntimo de la realidad de Dios, aquello por lo que Dios es lo que es. Según la doctrina católica, Dios no posee una esencia distinta de su existencia: Dios es su esencia. Esta identificación radical distingue al Creador de las criaturas, cuya esencia (lo que son) se diferencia de su existencia (el hecho de ser).1
En palabras de santo Tomás de Aquino, en las cosas compuestas de materia y forma, la esencia difiere del suppositum individual, pero en Dios, sin composición alguna, «el suppositum y la naturaleza son lo mismo». Así, Dios es su propia divinidad, su vida y todas sus perfecciones.1 Esta verdad se profesa en el Credo niceno-constantinopolitano, donde se confiesa a Dios como uno en naturaleza, sustancia y esencia.2
La Iglesia enseña que esta esencia es absolutamente simple, sin partes ni distinciones reales salvo las relativas a las Personas trinitarias. Cualquier multiplicidad en Dios es solo lógica, derivada de nuestra comprensión limitada.4
Revelación bíblica y patrística
La Escritura revela la esencia divina como Aquel que es (Éxodo 3,14), un ser puro de verdad y amor.5 Los Padres de la Iglesia, como san Gregorio de Nisa o san León Magno, defendieron esta simplicidad contra herejías que introducían composiciones en Dios, como el arrianismo o el nestorianismo.6
