La noción de esencia y accidente se remonta a la filosofía griega, pero adquiere su plenitud en el pensamiento cristiano, especialmente en santo Tomás de Aquino. La esencia (del latín essentia) es aquello por lo que una realidad es lo que es, su definición sustancial que responde a la pregunta «¿qué es?». Constituye el núcleo permanente de un ser, independientemente de sus cambios.3
Por el contrario, el accidente es lo que no pertenece a la esencia, sino que se añade a ella sin modificarla. Son propiedades variables, como el color, la forma o la posición, que «acontecen» (accidere) a la sustancia. Aristóteles ya distinguía diez categorías de accidentes, pero en la tradición católica se enfatiza su carácter no esencial: «todo lo que no pertenece a la esencia de una cosa es un accidente».4
Esta distinción evita confusión entre lo necesario (esencia) y lo contingente (accidente), permitiendo una comprensión ordenada de la realidad.
Esencia como sustancia primera
La esencia se identifica con la sustancia primera, el sustrato que subsiste por sí mismo. En las criaturas materiales, incluye la unión de forma y materia; en las espirituales, es la forma subsistente. Santo Tomás afirma que la esencia es anterior al accidente, ya que este depende de aquella para existir.1
Accidentes como predicados secundarios
Los accidentes no subsisten solos, sino in alio, en un sujeto. Pueden ser separables (como el movimiento) o inseparables (como las propiedades naturales). Su variabilidad implica potencialidad, opuesta al acto puro.5
