La fe católica profesa que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, siendo Dios uno e igual con el Padre y el Hijo1,2. Esta verdad se distingue por su naturaleza divina y su igualdad en esencia con las otras Personas divinas2. El Espíritu Santo es adorado y glorificado junto con el Padre y el Hijo3.
Desde los primeros versículos del Génesis, «el Espíritu de Dios» se presenta como una imagen del Dios viviente (Gn 1:2), y en la creación de la humanidad, se menciona el «aliento de vida» que Dios infundió en el hombre (Gn 2:7)4,5. En el Antiguo Testamento, se utilizan diversas imágenes que en el Nuevo Testamento se convierten en símbolos del Espíritu Santo, tales como «ríos de agua viva» (Jn 7:38), «unción» (1 Jn 2:20, 27), «fuego de purificación» y «lenguas como de fuego» (Lc 3:16; Hch 2:3), «viento» (Jn 3:8; Hch 2:2), «sello de unción» (2 Cor 1:22; Ef 1:13; Ef 4:30), la imposición de manos (Hch 6:6; Hch 8:17-19) y la «paloma» (Mt 3:16)4.
La concepción monoteísta de Dios en Israel, especialmente durante el exilio babilónico, llevó a la comprensión de que Dios creó el universo por el poder de su Palabra, y el papel del Espíritu se asocia con esta acción. La analogía del lenguaje, que une la palabra con el aliento, refuerza esta idea: «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el aliento (ruach) de su boca» (Sal 33 [32]: 6)5. Este aliento vital y vivificante de Dios no solo inicia la creación, sino que la mantiene y la renueva continuamente: «Cuando envías tu Espíritu, son creados; y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104 [103]: 30)5.

